EL SEÑOR ALONSO.
Una noche, el Señor Alonso, importante personalidad de una de las más principales aldeas de la región andaluza, llegó a su domicilio mucha más tarde que de costumbre.
Su mujer, la Señá Pepa, como la llamaban sus convecinos, justamente alarmada e inquieta por aquella tardanza, extraordinaria en su marido, tan poco nocharniego, le aguardaba con verdadera ansiedad e impaciencia.
Ya no sabía qué hacer para dominar la intranquilidad y desosiego que la poseían, cuando el Señor Alonso, alegre y locuaz, se restituía al hogar.
Era tal la avidez que la Seá Paca sentía por conocer la causa o motivo que había retenido en la calle a su marido, que, contraviniendo, quizá por primera vez en su vida, la costumbre de encontrar bueno todo cuanto el esposo hacía o decía, le interrogó con vehemencia:
-¿Por qué has venío tan tarde, hombre? ¿Qué causa ha retardao tanto tu vuelta? ¿Te ha ocurrío alguna desgracia? ¡Habla, contéstame, por Dios, Alonso! …
Aunque el carácter intemperante del Señor Alonso no se prestaba a consentir en calma aquella actitud de vehemencia, comprendiendo, desde luego, la natural curiosidad e interés de su consorte, la dijo, procurando endulzar todo lo posible su lenguaje:
-Tranquilízate, Pepa. A mí no m´a ocurrío ná de particulá. ¿Quién se va a atrevé conmigo, si saben toos en la aldea qu´ami me respetan hasta las enfermeaes? …
-He venío tarde -continuó- por haber estao escuchando a un viajante de la capitá, que explica que, pa las fiestas de Naviá, que allí se están celebrando, han llevao, de yo no sé onde, una máquina que canta y habla como las personas, y otra onde se ve andá y bailá a la gente, y qué sé yo cuantas cosas más, que jacen que las ciudaes d´alredeor se espueblen pa vé y escuchá aquellas cosas, y que jarán, también, que coja yo mañana mismo la «corza» y vaya a vé y escuchá to eso, pa disfrutá un poco y pa contárselo, luego, a este gente, y que rabien de coraje, mientras yo me derrito de gusto …
-¡Cómo! -arguyó, ya tranquila, la Señá Pepa. -¿Tú de viaje tan largo, y en burro, a pesar de tus años, y en Invierno, a gastá el dinerito, que tanto cuesta juntá, y a que se diviertan con tus cosas aquella gente tan espavilá? … -Disparate sobre disparate -se atrevió a agregar, aun, la Señá Pepa-; pero allá tú, tan jecho a salirte siempre con la tuya; a mí me toca, como en toas, obedecer y callar.
[Al solo efecto de ambientación] Estampa que refleja el costumbrismo heredado en el sigloXX de las centurias anteriores, donde la venta ambulante era la base del comercio callejero. Francisco José de Jesús Pareja. Fuente: “elcorreoweb punto es”, Nicolás Salas.
-Me ha jecho gracia tu argumentación, mujé. Con que … a que se diviertan conmigo, ¿eh? … ¡Je, je, je! … Bueno es el sujeto pa no largá una repostá que los deje sentao de rataplán … Y que, además, ya lo he dicho y lo tengo que cumplí, porque, ya me conoces: antes de faltá a la palabra, soy capá de morirme dos veces …
-Este -continuó, todavía locuaz, el Señor Alonso- será, tal vez, mi último viaje allá, dá la edá y los achaques que siempre m´hechas en cara. Precisamente por eso quiero darlo. Y en cuanto a gastá, no hay que temé. Bien poco será, porque llevando la «corza», que es tan doci y pacífica, y las alforjas repletas, poco dinero habrá que empleá: la cama pa el amo y la posá pa la caballería … Con que, s´acabó la plática y … a descansá, que mañana hay que madrugá, pa dormí en la Venta del Salao y está pasao, en la capitá.
Se acostaron, pues, y al día siguiente, bien repletas las alforjas, y bien provisto el bolsillo, el Señor Alonso, caballero en su noble pollino, caminaba, satisfecho, por una de las carreteras que, uniendo poblaciones, como el metálico hilo une los postes telegráficos y telefónicos, atraviesan la feraz campiña andaluza, para morir en una de Estoysus principales y hermosas capitales.
Después de descansar durante la noche en la Venta del Salao, situada a más de un tercio de jornada de la aldea en que residía, el Señor Alonso emprendió de nuevo el camino, llegando a la capital de referencia, según había calculado de antemano, al dar comienzo el anochecer.
En el patio de la posada-parador, donde el Señor Alonso fue a hospedarse, había a la hora de su llegada, gran movimiento de personas: comenzaba la hora de la comida y la generalidad de los huéspedes se disponía a satisfacer tan imprescindible necesidad de vivir.
[Al solo efecto de ambientación] Interior de un modesto ventorrillo, muy similar a la “Venta del Salao” de la narración. Baile en una venta, de Rafael Benjumea, 1850, óleo sobre lienzo. Fuente: Colección Carmen Thyssen-Bornemiza.
Uno de los mozos-camareros, al ver entrar al nuevo huésped, con su pollina de cabestro, se dirigió a él, presuroso, y, bien por la inconsciencia de la prisa, bien por el apresuramiento con que mucha de esta gente pretende dar cumplimiento al deber que su profesión les impone, bien por hacer un chiste que lo acreditara de ingenioso ante los que le escucharan, le dijo:
-Buen parroquiano, dos cubiertos, ¿eh? …
A lo que, un tanto amostazado por la insolencia, y recordando la prevención de su esposa, respondió, el Señor Alonso, con firmeza y vehemencia:
-No, dos cubiertos, no: uno solo, porque yo he comido ya, en el camino, y en cuanto deje a esta señora -indicando a la pollina- acomodá en vuestra mesa, me marcho a tomar habitación y a mis quehaceres.
*** Fuente: “FLORECILLAS DE ESCALIO”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 79-82. Primera edición, Jaén, febrero 1.936.