DESPEDIDA.
«”Aquella mañana hubo en el benéfico establecimiento misa con plática y comunión especial. Estos actos, celebrados en grata intimidad, fueron organizados por la Superiora de las hermanas al servicio de aquél, a instancias de la que más principal y asiduamente cuidó a José María de Dios, y en honor del mismo.
José María de Dios ... Así le seguiremos llamando, en adelante, o simplemente José María, cuando tengamos que aludirle, ya que por su revelación a la hermana que le cuidara, conocemos su nombre.
La capillita del hospital aparecía adornada con sus mejores galas, y luciendo, en su totalidad, el excelente alumbrado de que estaba dotada.
A los actos a que nos referimos, asistieron, con las hermanas todas y el honrado, el director facultativo del Centro y el médico encargado de la Sala que el paciente venía todavía ocupando.
[Ambientación] José María pronunciando su discurso en la capilla; palabras de gratitud antes de partir. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.
La misa fue cantada, y actuó en el coro un conjunto musical de la propia Casa, que cumplió admirablemente su cometido. El señor capellán, antes del Credo, habló unos minutos para explicar, en esencia, la significación de aquellos actos organizados para honra y satisfacción de un buen cristiano, espejo de virtudes ejemplares, que supo conservarlas y ponerlas constantemente en práctica, para estímulo de los demás y a través del pleno sufrimiento de las mayores desventuras y adversidades del vivir, que es precisamente donde se templa y fortalece, sublimándose, el verdadero espíritu cristiano.
Terminadas las ceremonias religiosas, pasaron sus asistentes al comedor privado de la Orden, donde fueron obsequiados con un exquisito y suculento almuerzo, a cuyo final, luego del rezo de preces, pronunció José María las siguientes palabras, que fueron escuchadas con toda atención e interés:
—Salgo de esta bendita Casa, donde todo es cariñosa solicitud y esmero, bondad y misericordia, con el corazón henchido de consuelos y con el ánimo fortalecido por el más acendrado espíritu cristiano. Voy a reanudar por el caos de mi vagar el martirio de mi penoso vivir; pero podéis tener como evidencia el que, como no hay mal que por bien no venga, el accidente por mí sufrido, con el consiguiente quebranto accidental de mi salud, ha servido para arraigar más sólida y definitivamente, si cabe, mis creencias cristianas y para patentizar desde luego el que, aunque a la sociedad actual le falte tanto para llegar al relativo grado de perfección que por el Todopoderoso le está destinado, hay organismos tan perfectamente compenetrados con su alta misión, que se acercan, en la voluntad y eficiencia de su funcionamiento, todo o humanamente dable, a ese mayor grado posible de bondad y excelencia que acaba de explicarse. Como expresión de mi profundo reconocimiento, beso la mano a los señores capellán y facultativos que con la ayuda de Dios Nuestro Señor limpiaron mi alma de pecados y arrebataron a la muerte mi propia existencia, y me rindo, humilde y agradecido, ante estos otros terrenales Ángeles de la Bondad, en quienes el Supremo Hacedor de lo creado ha querido encarnar, humanizándolo, el espíritu del Bien y de la Virtud.
Luego de estas palabras, vino la despedida, ese obsequio de acompañamiento que se hace al que se ausenta, despedida ésta que fue emocionante y sentida, por el sincero afecto y sana simpatía despertados en el Establecimiento por aquel simple acogido tan comprensivo como compenetrado del bien que debemos a los demás.
[Ambientación] José María abandonando el establecimiento; de nuevo solo en el camino. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.
Y tras de aquel obsequio de despedida, que incluía sincero sentimiento de estimación y aprecio, nos encontramos de nuevo a José María dueño de sus actos y de sus decisiones; pero encadenado, al propio tiempo, fuertemente, en su ánimo, a dos inclinaciones: una, que le movía fuertemente a desandar lo andado, volviendo a la “Venta del Respiro”, a intentar una solución armoniosa en el conflicto planteado a su primer amor; otra, también poderosa, que le inducía a continuar el camino, dejando al poder de Dios el desate de la dificultad creada a la continuación de su mayor cariño.
La reflexión fue larga. Sus esfuerzos querían encaminarse a detener transitoriamente su juicio para dar tiempo al espíritu a serenarse, poder coordinar bien las ideas y resolver lo más acertado. Mas no pudo conseguirlo, porque independientemente de aquella lucha de su espíritu, hirieron de pronto sus oídos las agudas vibraciones del silbato de la locomotora de un tren que llegaba y que había de salir diez minutos después. Este corte vertical de sus reflexiones generó en su interior un extraño impulso, más fuerte que todas sus otras inclinaciones, que le llevó insensiblemente hacia la estación férrea, sin más tiempo que el indispensable para tomar billete y acomodarse en un modesto departamento de los del convoy, que le puso directamente en Madrid, en una docena de horas.
¡Madrid! ... Lugar en que, al parecer, vino al mundo, y donde no había duda que radicaba la clave de su carencia de apellido, de aquel desdoro, de aquella mancilla, de aquella ignominia por la que la sociedad, en una de sus muchas estulticias más salientes, descargaba en el más inocente la consecuencia de desconocer a sus progenitores ...
¡Aquél estaba fuera de duda que era el sector donde había que luchar y vencer!
¡En la capital de la nación estaba la incógnita de su situación social, en cuyo despejo estribaba la solución de la formalización de su amor!
¡Allí era donde estaba la consecución de su fama; y, por lo tanto, el campo de su acción!
¡Madrid!... Aquél era su terreno de lucha. Allí le llevaba el inmenso poder de Dios, en que tanto confiaba.
¡Madrid! ... ¡¡Madrid!! ... “»
*** Fuente: “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR: novela de notorio matiz ingenuo, de escasa traba episódica y de carácter sentimental”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 171-174. Diario Jaén, Talleres Gráficos, s/f.

















