HAY QUE ESPERAR A QUE REVIVA.
Como en las poblaciones rurales, aunque sean importantes, no abundan los espectáculos públicos ni las distracciones, se buscan algunas de ellas en las reuniones de la juventud, especialmente, de las que nacen con frecuencia, noviazgos, inspirados, unos, en la atracción simpática de los sexos, y, otros, con fundamentos de escasa solidez, que el tiempo o las circunstancias enfrían o apagan, haciéndolas desaparecer y poniéndolas en unas condiciones de tibiedad peor que el acabamiento.
Uno de estos últimos casos le ocurrió a Florentina, avecindada en una de las localidades antes aludidas.
Florentina acudía todas las tardes con sus amigas a los paseos existente en la salida del pueblo, en los cuales se reunían las muchachas y muchachos del lugar, buscando un poco de expansión al ánimo y otro poco de ejercicio al cuerpo.
La salida del pueblo, que también era entrada al mismo, era un lugar pintoresco y generalmente agradable.
[Ambientación] Encuentros en el paseo. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.
A ambos lados del tramo de carretera que enlazaba con la general que lo unía con las demás poblaciones, existían poyos y bancos sombreados por la extensa y poblada arboleda, cuya sombra, en el verano, constituía un encanto y cuyo sol, en el invierno, una delicia.
Situada en una altura bastante prominente, dominaba la ubérrima campiña, poblada de caseríos, de huertas, de sembrados y de prados, con sus numerosas piaras de ganados, y, por el lado sur, el mar, con sus aguas rizadas por la brisa, constantemente surcado por embarcaciones de todas clases, cuyas siluetas se divisaban muchas veces con toda claridad.
Paseando entre aquel sol y aquella sombra, florecían de todas clases de noviazgos, unos que se consolidaban, ascendiendo hasta el matrimonio; otros que se deshacían como la espuma del jabón o el azúcar en el agua tibia, y otros que se reducían a relaciones más o menos íntimas, que no pasaban de tales, aunque otra cosa aparentaran.
A estas últimas pertenecían las entabladas entre Florentina y Juan Eugenio.
Juan Eugenio era huérfano de padre. Su madre, como hijo único, puso en él todas sus afecciones y el hijo, acostumbrado por los mimos maternos a que se realizaran todos sus deseos, fue acostumbrándose a mandar y a dirigir de tal modo, que puede asegurarse que desde mucho antes de llegar a la mayoría de edad, era el jefe de la casa: lo mismo disponía las sementeras y sus labores, que seleccionaba y vendía los granos y el ganado, con una precocidad y un acierto que admiraban a sirvientes y extraños y llenaban de satisfacción a la que lo había llevado en sus entrañas.
Para llevar la casa de sus progenitores, resultaba todo lo ducho y acertado que se deja expresado. Mas para todo cuanto tendía a lo que pudiera acabar en matrimonio, resultaba ser un tanto misógino, y si no propiamente contrario o enemigo de la mujer, era, por lo menos, un tipo que había nacido para ser solterón recalcitrante.
Florentina tenía padre y madre. Además, eran cinco hermanas, y aunque poseían algunas rentas, tenían que ayudar con su labor personal a los quehaceres de la casa, para ir tirando en el vivir de la clase media, modesta, a que pertenecían.
Como eran muchas en el arreglo de las faenas caseras, pronto daban cima a las mismas, disponiendo del rato que todas las tardes empleaba en pasear y disfrutar en la alameda de la salida del pueblo.
[Ambientación] Encuentros a escondidas. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.
En esos paseos no diré se conocieron, porque ya se conocían, sino que se encontraron, porque Florentina parece que procuraba encontrarse con Juan Eugenio más veces que las de pura casualidad, no sabemos si porque le gustaba secretamente o porque le atraía su posición de mocito bien acomodado.
Aunque el ánimo de Juan Eugenio no le inclinaba mucho a ello, como había de hacer lo que los demás mozos, porque su incultura no podía darle argumentos para sostener la libertad de hacer lo que le diera la real gana, cual hubiera hecho un señorito pasado por la universidad, se hizo novio de Florentina.
Ésta por poco se vuelve loca de alegría, y a pesar de las tibidades de Juan Eugenio, llegaron a verse, previamente de acuerdo, a través de los hierros de una ventana baja de la casa de ella, y hasta dentro de los domicilios respectivos, en visitas de cortesía entre sus respectivas familias.
En la forma expresada, duraron las relaciones, años tras años, hasta transcurrir varios, y cuando las circunstancias ofrecían ocasión oportuna y ella planteaba la cuestión de su matrimonio, nunca faltó a él una evasiva para eludir compromisos.
Con ocasión de celebrarse el matrimonio de una de las hermanas de Florentina, renovó ésta la cuestión batallona del suyo, obteniendo de Juan Eugenio la siguiente conclusión:
-Mira, Florentina, mientras mi madre viva, y Dios quiera que sea mucho tiempo, no me caso. Hay que tener paciencia y esperar.
Florentina se resignó, una vez más, y esperó. Esperó varios años más, no sabemos cuántos, pero sí que no fueron pocos, durante los cuales no se atrevió ni a sacar más a colación la cuestión enojosa que la consumía en su interior, ni a dar por terminada las relaciones con aquel hombre, a quien quería y amaba tan entrañablemente.
Reavivada constantemente la paciencia de Florentina, cada vez que pensaba en su situación y circunstancias, llegó un día en que faltó la madre del novio, fallecida de muerte natural, acaecida cuando la pobre señora se acercaba a la verdadera senectud.
Florentina se instaló, con dos de sus hermanas, en la casa de la que consideraba como madre política, atendiendo como una hija verdadera a todas las necesidades y servicios domésticos extraordinarios que en estos casos se rodean.
[Ambientación] Florentina desfallecida. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.
Cumplido el novenario de luto, tornó con sus hermanas a su domicilio, reanudando en el mismo su vivir ordinario.
Volvieron a pasar los días, y en uno en que el caso se ofreció propicio, volvió a presentar al novio la <papeleta> del casamiento.
Éste, después de meditar unos instantes, dijo a su novia:
-Vamos a ver: ¿yo qué te dije la última vez que me hablaste de nuestro matrimonio? -Me respondiste -¡lo tengo tan presente!- que había que tener paciencia; que mientras que la pobre de tu madre viviera, no te casabas. Tu madre, por desgracia, ha fallecido. Estás solo y cuidado por manos mercenarias. A mí me has entretenido de tal modo que, si no me caso contigo, no puedo casarme con nadie. Ya es razón. Necesito que te decidas. Nuestra situación no debe prolongarse ni un día más. ¡Hasta ridículo resulta continuar como estamos! Se hace indispensable tu definitiva resolución.
Al discurso de su novia, justo y razonable hasta la saciedad, contestó Juan Eugenio con la mayor flema:
-Bien, mujer. Yo te decía entonces, es cierto, que había que esperar; que, mientras mi madre viviera, no me casaba. Exacto. Pues ahora agrego que, para casarme, hay que esperar ... a que reviva.
No hay que decir que Florentina cayó desplomada al suelo y que tuvieron que recogerla como muerta.
*** Fuente: “AMAPOLAS Y JARAMAGOS: cuentos, anécdotas, narraciones y chascarrillos”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 141-144. Primera edición, Gráficas Morales, Jaén, 1.940.






















