FUE POR LANA ...
Desde la casa cercana, domicilio de aquel galleguito simpático y acogedor, que tantos y tan buenos amigos poseía en la localidad, se percibían, con toda claridad, el bullicio y la algarabía de la multitud de amiguitas -ramillete de fragantes rosas, claveles y azucenas del lozano jardín de la juventud local- reunidas en casa de Pepita, previa convocatoria de la misma, mediante invitación expresiva, para celebrar con la pompa y la alegría de siempre, la fecha de su onomástica, el Santo Varón, esposo de la Santísima Virgen, Madre de Dios.
Pepita era una joven -cada cual tiene la edad que representa, según el filósofo- vivaracha y simpática, atractiva y encantadora, algo madurita, por lo metida ya en años; pero bien conservada y rejuvenecida, que veía disiparse el tesoro de su juventud sin haber tenido nunca quien le hubiera dicho en serio algo que pudiera traducirse en formal promesa de matrimonio, del que estaba tan marcadamente deseosa.
[Ambientación] Fiesta en casa de Pepita. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.
Y por lo mismo que en su fuero interno se consumía angustiosamente el fuego de sus ilusiones más caras, en la apariencia pretendía disimularlo, dando la sensación de indiferencia o de conformidad con las circunstancias; pero los que la conocían en los detalles más nimios de su intimidad, sabían que sus deseos, constituidos de verdadera comezón, hacían que estuviera dispuesta a asirse aunque fuera de un clavo ardiendo, como reza el antiguo y conocidísimo aforismo popular.
Por eso, echando la casa por la ventana, como suele decirse, había organizado aquella fiesta mas, de tal modo que comenzara por la mañana, con el desayuno clásico, servido en su domicilio, inmediatamente después de la salida de la misa de invitación celebrada en honor del Bendito Patriarca, continuando todo el día, con el almuerzo y cena, que tan diestramente sabía organizar, para terminar cuando el cansancio y el agotamiento de energías se hicieran tan ostensibles que todos se fueran dando por vencidos.
A la hora a que nos referimos en la presente narración, había ya en casa de Pepita, una gran concurrencia; pero el nervio, por decirlo así, de la fiesta; esto es, la parte de invitados que constituían el <manojo de nardos> en que podía figurar la presunta víctima que se dejara coger en las mallas de la red de atractivos de que era dueña Pepita, no había acudido todavía a la reunión: se hallaba, adrede, de tertulia, en la casa del galleguito amable, que era la persona en la que convergían todas las descargas de atracción del corazón de Pepita.
Y nada: pasaron las horas mañaneras, y aún las del mediodía, y la tertulia del galleguito, ni se disolvía, como anhelaba Pepita, ni respondía al encarecimiento de la invitación expresiva y cariñosa que al efecto se le tenía hecha.
[Ambientación] La botella enviada al galleguito. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.
Viéndolo suceder así, la nerviosidad impaciente de Pepita le sugirió un ardid, que puso inmediatamente en práctica, para ver de provocar una solución a la espera que tanto la torturaba. Al efecto, mandó llenar una botella de agua con café, coloreada al temple del amontillado que rezaba en la marca que de la misma había sido envase, y la envió, como obsequio delicado a la tertulia del galleguito. En ésta se comprendió el alcance del inocente engaño; pero disimulándolo, se amargó el líquido y se decidió marchar humorísticamente y en colectividad a presentar la más dolorida queja, por la pesadez de la broma de que había sido objeto.
-Si hubiera sido sólo de agua de café, el contenido … ; pero ... ofrecer un amargo tan pronunciado, que hubiera podido constituir un atentado a la salud de todos …
A la queja, tan plenamente razonada, se adelantó, coquetona a contestar, Pepita, procurando hacer resaltar los hechizos de su persona encantadora, alegando, ingenuamente, como autora principal de la pega.
-No tanto, señores míos: esa queja lastimera carece de fundamento. Yo misma preparé el inocente brebaje, y como prueba inequívoca de su inocuidad y simpleza, venga una copa del mismo.
Servidas que fueron varias de ellas en la propia batea y vasijas que fueron enviadas a la casa del vecino, fue agotada de un solo y rápido trago la que tocara a Pepita, que si bien no sufrió otro daño que la molestia del amargor del líquido ingerido, y el pequeño bochorno del que va por lana y sale trasquilado, todo lo hubiera dado ella por bien empleado, si de aquella fiesta hubiera sacado algún consuelo para su corazón; pero de la piña en que cifraba sus últimas ilusiones no se desgajaba ni un piñón, y eso para ella era más amargo que la trasquiladura sufrida con el vino engañoso, que fue presagio de su milésima ilusión desvanecida.
*** Fuente: “AMAPOLAS Y JARAMAGOS: cuentos, anécdotas, narraciones y chascarrillos”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 133-135. Primera edición, Gráficas Morales, Jaén, 1.940.














