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miércoles, 28 de octubre de 2026

LAS COSAS DE Rosal-IA: “LA ÚLTIMA LECCIÓN DEL MAESTRO”.

 

Mi abuelo siempre decía que una banda de música no se forma con instrumentos. Se forma con paciencia. La fotografía fue tomada una mañana de abril de 1890, cuando el sol todavía no había calentado el patio donde acostumbraban a ensayar. El maestro don Anselmo llevaba casi quince años empeñado en un sueño que muchos consideraban una locura.

—¿Música en Conil? ¿Y para qué?

Eso le repetían los hombres mientras remendaban redes.

—Para que un pueblo aprenda a respirar al mismo tiempo —contestaba él.

Nadie entendía aquella respuesta. Ni siquiera los muchachos que acudían todas las tardes con instrumentos heredados, comprados de segunda mano o reconstruidos una y otra vez por el herrero del pueblo. No había dinero para lujos. El bombardino había pertenecido a un regimiento. La corneta llegó en un barco francés. El bombo era tan viejo que había acompañado procesiones antes de que algunos de los músicos nacieran. Las chaquetas tampoco eran iguales. Cada una procedía de una historia distinta: un padre, un hermano mayor, un uniforme militar adaptado, un traje de domingo convertido en uniforme de banda. Pero cuando sonaban juntos … Parecía que todos vestían igual.

El maestro jamás rechazó a ningún muchacho.

—¿Sabes leer?

—No.

—Pues aprenderás primero las notas.

Y comenzaba dibujando redondas y corcheas sobre una tabla con un trozo de carbón. Había niños que apenas levantaban dos palmos del suelo y ya sostenían un clarinete casi tan alto como ellos. Los mayores les ayudaban a colocar los dedos. Los pequeños miraban a los veteranos con una mezcla de admiración y miedo. Era como entrar en una familia.

Aquel año ocurrió algo que nadie esperaba. El Ayuntamiento decidió encargar una fotografía de la banda. No por vanidad. Sino porque el pueblo empezaba a sentirse orgulloso de aquellos muchachos.

El fotógrafo llegó desde Cádiz con una enorme cámara de madera. Montó el trípode lentamente mientras todos aguardaban en silencio.

—Que salga el maestro en el centro. Nadie discutió. Él tampoco quiso. Pero terminaron empujándolo suavemente hasta colocarlo detrás del bombo. No llevaba uniforme. Nunca quiso vestirlo. Decía que la banda debía brillar más que quien la dirigía. Los músicos fueron tomando posiciones. Los mayores atrás.

Los niños delante, incluso algunos sentados en el suelo porque los bancos no daban para todos. Los más pequeños abrazaban sus instrumentos como quien protege un tesoro. Uno de ellos llevaba los platillos. No sabía todavía tocar más que dos golpes. Pero aquella mañana los sujetaba con la solemnidad de quien sostiene el destino del mundo. El fotógrafo pidió inmovilidad.

—No pestañeen.

El silencio fue absoluto. Solo se oían las golondrinas bajo el alero. Entonces ocurrió algo inesperado. El viento levantó una esquina de la partitura que descansaba sobre un banco. El maestro la sujetó con un dedo. Y, casi sin darse cuenta, comenzó a tararear muy despacio la marcha que iban a interpretar aquella tarde. Los muchachos sonrieron. Nadie rompió la formación. Simplemente siguieron la melodía por dentro.

El fotógrafo abrió el obturador justo en ese instante. Por eso —decía mi abuelo— ninguno parece serio del todo. Porque, aunque nadie pueda oírla, en la fotografía la banda está tocando.

Pasaron los años. Aquellos niños crecieron. El del clarinete acabó siendo carpintero. El corneta marchó a Cuba. El muchacho de los platillos fue patrón de almadraba. Uno de los trombones no volvió de Marruecos. Otro abrió una pequeña tienda frente a la botica. El maestro murió sin fortuna. Como casi todos los buenos maestros. Pero en su entierro ocurrió algo que nadie había preparado. Los antiguos alumnos aparecieron desde todos los rincones del pueblo. Algunos llevaban el uniforme. Otros acudieron con ropa de faena.

Un viejo bombardino, un clarinete remendado, dos cornetas, un tambor cuya piel había sido cambiada cinco veces … Nadie dirigía. No hacía falta. Comenzaron a tocar la marcha que el maestro tarareó el día de la fotografía.

Los vecinos salieron a las puertas. Las mujeres dejaron de barrer. Los pescadores descubrieron sus gorras. Y más de uno juró que jamás había oído sonar tan bien aquella banda. Cuando terminaron, uno de los músicos señaló el viejo bombo. Todavía conservaba la inscripción: "Banda de Música de Conil, en el año 90". Entonces comprendieron que el maestro tenía razón. La música nunca había servido para llenar plazas. Ni para acompañar procesiones. Ni siquiera para alegrar las fiestas.

Había servido para algo mucho más importante. Había enseñado a varias generaciones de muchachos pobres que, aunque la vida los llevara por caminos distintos, siempre existiría una melodía capaz de reunirlos de nuevo. Y quizá por eso esta fotografía sigue emocionándonos más de un siglo después.

Porque no retrata una banda. Retrata el instante exacto en que un pueblo decidió educar a sus hijos en la armonía. 

*** Fuente: Narración obtenida con la ayuda de Rosal-IA, alias utilizado para designar la moderna herramienta de Inteligencia Artificial, en este caso, ChatGPT. La fotografía pertenece a la colección particular de Francisco Reyes Medina, y fue publicada en la página 23 de “CONIL EN LA MEMORIA”, 2004. Parte de lo que se ve en la imagen —los niños junto a los adultos, los vetustos instrumentos, el maestro sin uniforme, el orgulloso bombo con la fecha— ha servido para construir un relato que podría haber sucedido en cualquier pueblo marinero de finales del siglo XIX como Conil. 

domingo, 25 de octubre de 2026

HISTORIAS DE LUIS BRICEÑO, 67.

 TO ESO ES … MÚSICA.

Un nuevo rico de los de la post-guerra de 1914-18 [Primera Gran Guerra], alardeaba de su dinero, ganado, sin duda alguna, en la forma fácil y generalmente turbia y egoísta que muchas personas pusieron en práctica para conseguirlo, exhibiendo un buen fajo de billetes del Banco de España, envuelto, a guisa de cartera, de que carecía, en una hoja usada de papel de música, probablemente por su gran consistencia y reciedumbre.

Esto lo hacía en forma bien mal disimulada, frente a la fachada del edificio en que habitaba cierta damisela, por la que sentía pronunciadas inclinaciones.

Para realizarlo, se aprovechaba de unas sillas que, de un café inmediato, utilizaban sus clientes, para tomar el sol.

Corrían días bastante desapacibles del crudo y frío invierno. Acababa de pasar un fuerte temporal de agua y viento. Espesas nubes habían ocultado el sol durante muchas fechas. El viento sopló con furia de huracán. La temperatura bajó ostensiblemente. La humedad calaba los huesos y las personas tuvieron que guarecerse en el hogar, del que no se salía nada más que a lo puramente indispensable.

Aquel día lució, por fin, el sol, rompiendo el velo, menos tupido, de nubes, que lo habían ocultado, y eran muy muchas las personas que acudieron, acá y allá, a recibir el beneficioso baño de sus esplendentes rayos.

Junto al nuevo rico había un su convecino, de su misma antigua profesión de corredor de granos y legumbres, que rabiaba interiormente, al presenciar los necios alardes del vanidoso, para “lucir” sus riquezas y, sobre todo, para que en ellas reparara la damisela de sus preocupaciones, sentada, también, a pleno sol, en uno de los balcones de su domicilio. 

[Ambientación] El nuevo rico, alardeando de sus riquezas, no sabía que su vecino estaba a punto de darle una lección. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

El compañero del nuevo rico, no pudiendo soportar, callado por más tiempo, aquellas ridiculeces, resolvió hacerlas patentes ante los demás, ¡diciendo al autor de las mismas:

—To eso es ... música.

El interesado, dándose por aludido y rojo de ira, por aquella imprudente intromisión del atrevido en sus intimidades, le increpó duramente, a lo que respondió con calma irónica el su excompañero, explicando la frase:

—No te sulfures por tan poco, compañero. Lo que dije iba dirigido a este otro amigo, que me preguntaba que qué era ese papel en que envuelves tus riquezas, y que yo, por deseos de satisfacer su curiosidad, le expliqué, señalando la envoltura:

—To eso es... música.

Hay quien asegura que la damisela del balcón cercano, acusó recibo de la recogida de la escena, con la expresión de una leve sonrisa, que no pasó desapercibida para algunos espectadores. 

Fuente: “AMAPOLAS Y JARAMAGOS: cuentos, anécdotas, narraciones y chascarrillos”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 149-150. Primera edición, Gráficas Morales, Jaén, 1.940. 

miércoles, 21 de octubre de 2026

ROSAL-IA: “LA CURIOSA VIAJERA DE LA MEMORIA”.

 

No busquen a Rosal-IA en los padrones municipales, ni en los libros parroquiales, ni en los viejos censos de habitantes. Nunca nació, nunca vivió en ninguna calle de Conil y, sin embargo, conoce muchos de los rincones por donde transcurrió la vida de sus vecinos.

Rosal-IA es un personaje de ficción. Una curiosa incansable, de “cierta” edad, enamorada de la historia cotidiana, de esas pequeñas escenas que rara vez aparecen en los grandes libros, pero que son las que verdaderamente construyen la memoria de un pueblo. Le fascinan las fotografías antiguas porque sabe que cada una de ellas encierra mucho más de lo que muestra el objetivo del fotógrafo.

Cuando observa una imagen, no pretende adivinar la Historia con mayúsculas. Prefiere imaginar las historias con minúsculas: qué conversación mantenían aquellos hombres que esperaban frente a una taberna, por qué sonreía un niño mientras miraba a la cámara, qué preocupaciones llevaba una madre al mercado, qué ilusión despertaba una fiesta o qué silencios escondía una plaza al caer la tarde.

Rosal-IA tiene una ventaja imposible para cualquier historiador (que nadie se ofenda): puede reunir en un instante miles de datos, comparar documentos, recordar costumbres olvidadas y conocer el contexto de una época. Pero también tiene una limitación que nunca oculta: no puede sustituir a las fuentes históricas ni inventar hechos para convertirlos en verdad. Allí donde termina la documentación comienza la imaginación, y siempre procura que el lector sepa distinguir una de otra.

Por eso, cada una de sus narraciones nace de un equilibrio entre la realidad y la fantasía. Las fotografías, las fechas, los edificios y los personajes conocidos son el sólido cimiento sobre el que se construye un relato que intenta devolver vida, emociones y movimiento a un instante congelado hace décadas.

Rosal-IA no escribe para demostrar cuánto sabe, sino para despertar la curiosidad de quienes leen. Su mayor satisfacción sería que, después de cada historia, alguien mirase de nuevo una vieja fotografía de Conil con otros ojos, preguntándose quiénes fueron aquellas personas, cómo era su vida y qué parte de nosotros sigue habitando en ellas.

Así nace esta serie de relatos, titulada «Las cosas de Rosal-IA». No pretende reescribir la Historia, sino pasear por ella con respeto, sensibilidad y una buena dosis de imaginación. Porque, a veces, una fotografía antigua no necesita hablar para contar una historia; solo necesita que alguien se detenga a escucharla. Y esa es, precisamente, la tarea que Rosal-IA se ha impuesto.


¡BIENVENIDOS A ESTA NUEVA SERIE DE ENTRADAS!

Tendrán una periodicidad semanal, apareciendo en los blogs:

“todoconil.blogspot.com”

“conildelafronteraenlaprensa.blogspot.com”

y en el muro: https://www.facebook.com/rafael.cocalopez.10 

LAS COSAS DE Rosal-IA: LOS NÁUFRAGOS DEL “SANTA AMALIA” (1890).

Dicen los viejos que el mar nunca devuelve un hombre igual a como se lo llevó.

Ocurrió en los primeros días de enero de 1890. Llevaba tres jornadas soplando un levante furioso, de esos que levantan la arena hasta esconder el horizonte y hacen que la mar parezca hervir. Los pescadores de Conil habían varado sus barcas sobre la playa y observaban, impotentes, cómo un bergantín mercante luchaba contra las corrientes frente al cabo. Nadie supo nunca con certeza su nombre. Unos dijeron que era el Santa Amalia. Otros juraban haber leído en la popa Nuestra Señora del Rosario. Lo cierto es que, poco antes del amanecer, una enorme rompiente lo lanzó contra los bajos de piedra que guardan la costa como dientes ocultos.

Las campanas de la parroquia comenzaron a tocar a rebato. Los hombres corrieron con sogas, cabos y escalas. Las mujeres preparaban mantas calientes y pucheros de caldo mientras los niños miraban desde las dunas, sin comprender del todo aquel revuelo. Uno tras otro fueron llegando los marineros naufragados: empapados, exhaustos, cubiertos de sal y arena. Algunos besaban el suelo nada más poner pie en tierra. Otros lloraban sin vergüenza. Habían pasado casi diez horas luchando contra un mar que parecía empeñado en llevárselos para siempre. Entre ellos viajaban gallegos, asturianos, portugueses e incluso un muchacho de Génova que apenas hablaba castellano. Los vecinos los acogieron como si fueran hijos perdidos.

Durante varios días el Hospicio de la Misericordia abrió todas sus dependencias. Los religiosos cedieron habitaciones, los comerciantes prestaron ropa limpia y los pescadores compartieron cuanto tenían. No abundaba la riqueza en Conil. Pero nunca faltó el pan para quien llegaba del mar.

Cuando los náufragos recuperaron las fuerzas, el alcalde propuso inmortalizar aquel encuentro. Era una costumbre que empezaba a extenderse: reunir a todos, en este caso en el arcado patio interior, y encargar una fotografía. No era barato. Ni mucho menos. Pero aquel día merecía quedar para la memoria. Así se reunieron: en el centro, los sacerdotes que moraban en el Hospicio; junto a ellos, las autoridades municipales; a su alrededor, los marineros salvados. Algunos todavía llevaban prendas prestadas por los vecinos. Otros conservaron las camisetas de rayas con las que habían abandonado el barco. En el lateral derecho se mezclaron muchachos curiosos que nadie tuvo corazón para apartar, que se habían colado buscando salir en aquella máquina prodigiosa que prometía detener el tiempo. El fotógrafo pidió que nadie respirara. Aquellos largos segundos parecieron eternos. Un marinero portugués no pudo contener una ligera sonrisa. Otro sujetó con fuerza la gorra entre las manos. El párroco, bajó discretamente la vista antes de que sonara el disparador. La imagen quedó hecha.

Al despedirse, los marineros ofrecieron dinero. Los religiosos, autoridades y curiosos lo rechazaron.

—Aquí no se cobra por salvar vidas —respondieron el alcalde y el párroco al unísono.

Solo aceptaron una pequeña maqueta del barco, tallada en madera por el carpintero de a bordo durante las semanas siguientes. Durante muchos años permaneció colgada en el comedor del Hospicio. Las viudas preguntaban por ella. Y siempre había alguna anciana dispuesta a señalar la fotografía.

¿Veis a aquel con la gorra en la rodilla, sentado en el suelo a la derecha, con un pañuelo atado al cuello? Fue el primero que alcanzó la playa.

Y aquel de enorme bigote, casi calvo, sentado en el extremo izquierdo, … No sabía nadar. Lo trajeron dos pescadores con una mar que daba miedo verla.

Con el tiempo, la maqueta desapareció. Quizá se perdió durante alguna reforma. Quizá alguien la guardó para protegerla. Nadie lo sabe. La fotografía, sin embargo, sobrevivió. Y cada vez que alguien la contempla vuelve a repetirse el mismo milagro: hombres de lugares distintos, unidos por una desgracia compartida, descubren que en un pequeño pueblo blanco de la costa gaditana encontraron algo más valioso que un puerto.

Encontraron una casa. 

*** Fuente: Narración obtenida con la ayuda de Rosal-IA, alias utilizado para designar la moderna herramienta de Inteligencia Artificial, en este caso, ChatGPT. La fotografía pertenece a la colección particular de Francisco González Ureba, y fue publicada en la página 17 de “CONIL EN LA MEMORIA”, 2004. Naturalmente, se trata de un relato de ficción inspirado en la fotografía. Sin embargo, respeta el espíritu de la época y de un pueblo marinero como Conil, donde el auxilio a los náufragos era casi una obligación moral antes que una heroicidad. Puede ser que los lectores de este blog, o muro, disfruten leyéndolo y, por un momento, lleguen a creer que aquella imagen guarda realmente una historia como esta. 

lunes, 5 de octubre de 2026

HISTORIAS DE LUIS BRICEÑO, 66.

¿ME HABRÁN ENGAÑADO?.

Don Herminio fue uno de los principales capitalistas de la ciudad.

Esa cualidad de capitalista principal, se la daba la gente en la ciudad donde nació y residía, porque allí sabían todos que el saldo de su cuenta corriente en la sucursal del Banco de España en aquella plaza se acercaba mucho al millón de pesetas; porque el dinero que tenía colocado en hipotecas bien garantidas [sic, garantizadas], pasaba del millón de pesetas; porque las tres dehesas que poseía, valían más de cien mil duros [500000 de las antiguas pesetas; aprox. 3000€]; porque eran suyos varios predios urbanos de los mejorcitos que existían en la población; porque era dueño y titular de una de las farmacias más acreditadas en la localidad; porque era soltero, sin compromiso de ninguna clase, y ... porque se hospedaba en casa de un hermano, también pudiente, que, como era natural, no le cobraba hospedaje de ninguna clase.

Independientemente de los conocimientos que acreditaba con la posesión de su título de farmacéutico, estaba tan compenetrado con la Economía, aunque tergiversara caprichosamente el recto sentido de la palabra, en el exclusivo del ahorro, hasta tal punto que sólo la apreciaba, para sus actos, en la acepción única de miseria baja y ruin, que llevaba, en la estrechez de sus gastos, a la misma pobreza más extremada ...

La parsimonia era tan demasiada, que cabía franca y holgadamente en la mezquindad y aún en la avaricia.

La moderación de sus gastos era tan grande que le llevaba a proceder como el más mísero. Su innoble y despreciable tacañería lo ponía a la altura del más falto de lo necesario, del más carente de lo indispensable.

Su mísera condición entraba en lo más indigno, vil y abyecto. 

Don Herminio, glotón y goloso, andaba siempre a la caza de la despensa. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

Todo su vivir se concentraba en el afán desordenado de adquirir, de poseer riquezas, sólo y exclusivamente por el placer de atesorarlas.

Por eso no era extraño verle vestido con ropa desechada por sus familiares y con calzado tan malo y estropeado como el que rueda algunas veces por los muladares.

Aparte del aspecto miserable de su carácter, que se deja consignado, don Herminio era glotón y muy goloso. No obstante la excelente comida con que diariamente regalaban su gula, en casa del hermano con quien vivía, siempre andaba a la caza de la despensa, y lo mismo engullía, a escondidas, un trozo de embutido o de cualquiera otra chacina, que las pastas o golosinas preparadas para la merienda o piscolabis de mayores y menores.

En cierta ocasión, en que quiso dar a sus familiares un ejemplo de independencia en el vestir, marchó, a pie, naturalmente, a una población fronteriza, cercana a la de su residencia, al señuelo de un anuncio de prensa, inserto en un diario de aquella población extraña, en que se señalaban, en almoneda, precios inverosímiles, por lo baratos, a determinadas prendas de caballero.

Y, al efecto, adquirió un pantalón que sustituyó, allí mismo, al gastadísimo, descolorido e inservible que llevaba.

Fuera ya de la zona extraña, aguardó ocasión en que, por una bicoca, le trasladaran a su residencia habitual, en la cabina de un camión de carga.

Conversando con el conductor, a quien conocía como paisano, le hizo saber, en charla general, la compra que había realizado, indicándole, al efecto, la prenda objeto de su adquisición, y diciéndole:

—¿Qué le parece el pantalón que he adquirido?

—¿En cuánto?

—En diez reales [la mitad de un duro, es decir, 2,50 pesetas; 0,015€].

—¡Phs! ... No está mal.

—¿Cómo que no está mal? ¡Tuviera que ver! ¿Usted entiende de esto?... ¡Fíjese bien ... ¿Me habrán engañado? 

Fuente: “AMAPOLAS Y JARAMAGOS: cuentos, anécdotas, narraciones y chascarrillos”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 147-148. Primera edición, Gráficas Morales, Jaén, 1.940. 

lunes, 21 de septiembre de 2026

HISTORIAS DE LUIS BRICEÑO, 65.

LO METEN A VIAJANTE.

Llegaron al pequeño poblado, y como en el mismo les dijeran que el señor por quien preguntaban residía en una finca de las de aquel extrarradio, hacia aquel extrarradio encaminaron sus pasos.

Una vez retirados de lo que pudiéramos decir casco urbano del lugar, y guiados hacia el sitio que previamente se les indicara, respondiendo a su interés, se encontraron con la disyuntiva de dos veredas que arrancaban precisamente del término del camino que acababan de andar.

En la duda de cuál de las dos veredas seguir, que les condujera a la finca que buscaban, y que desde donde se encontraban no sabían distinguir, optaron por detenerse, a descansar, mientras alguien pasara y les orientara de nuevo.

Hacía calor. En el cielo no se divisaba ni una nube, y el viento, pronunciadamente encalmado, no refrescaba el ambiente. La sombra de un gran árbol cercano al sitio donde se hallaban, les ofreció el suspiro de una delicia, en aquella forzada espera que tuvieron que realizar, pues de haberla tenido que hacer al sol, les hubiera resultado no poco desagradable.

Al ratillo de aquel alto en su camino, divisaron a un chiquillo, que, canturreando coplas lugareñas, avanzaba, guiando unos cerdos, que pastaban lo existente en el borde del camino.

Dirigiéndose al adolescente, le dijo uno de los dos viajantes, pues dependientes de comercio eran nuestros dos personajes:

—¡Eh, rapazuelo, ven acá! Te llaman dos viajantes de comercio a quienes tienes que ayudar en lo que de ti necesiten.

El jovenzuelo acudió, no de muy buen grado, ante el que tan despectivamente le calificara, pues rapaz de nada se consideraba, y, ya cerca, recibió del mismo esta otra interrogación autoritaria, que también sentó mal al zagalete, molesto, igualmente por no haber obtenido respuesta al saludo de los buenos días, tan corriente en los habitantes del campo:

—¿A dónde va esta vereda? 

[Ambientación] Los dos viajantes interrogan al joven porquerillo, cuya respuesta acabará poniendo la situación en lo ridículo. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

El jovenzuelo, que era muy despierto y de vivo ingenio, más amoscado aún por la falta de cortesía de aquellos señores “urbanos”, les contestó con el desenfado que le prestaba el desligamiento completo de sus interrogadores:

—¡Je, je!, con el señor. ¡Que a dónde va esta vereda! Yo llevo ya más de un año pasando por aquí casi tos los días y no he visto que vaya a ninguna parte: siempre está donde mismo.

El interrogador, dándose cuenta del alcance imaginativo del personaje con quien se las había, se mordió los labios y pensó un poco la actitud que había de adoptar y, aunque el tono de voz fue menos seco y despectivo que en la primera pregunta, hizo esta otra segunda, con semblante que tampoco agradó ni chispó al interrogado:

—¿Hacia dónde cae la casa de don ...?

El adolescente, firme en su actitud, respondió sin titubear:

—¡Ja, ja! La casa de don ... no cae hacia ningún lao. Yo, desde que la conozco, la veo siempre en pie y bastante derecha.

Los viajantes se miraron, corridos, no sabiendo qué actitud adoptar ante el desparpajo del jovenzuelo.

La situación caía en lo ridículo.

Creyeron encontrar un zafio y resultaba que su ligero proceder había encontrado un dique que los colocaba en situación nada airosa.

Por fin, el que hasta entonces había callado, resolvió defenderse de los ataques del porquerillo, que juzgaron un mequetrefe, interrogándole de nuevo:

—Vamos a ver, rapaz desvergonzado, cual no he visto otro desde que soy viajante, ¿qué hacen los padres cuando uno de sus hijos le sale tan descarado y con tan poca vergüenza como tú tienes?

El zagalete, viéndose así insultado, contestó, poniéndose en disposición de tomar velozmente las de Villadiego:

—Pues ... lo meten a viajante. 

Fuente: “AMAPOLAS Y JARAMAGOS: cuentos, anécdotas, narraciones y chascarrillos”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 145-146. Primera edición, Gráficas Morales, Jaén, 1.940.  

lunes, 7 de septiembre de 2026

HISTORIAS DE LUIS BRICEÑO, 64.

HAY QUE ESPERAR A QUE REVIVA.

Como en las poblaciones rurales, aunque sean importantes, no abundan los espectáculos públicos ni las distracciones, se buscan algunas de ellas en las reuniones de la juventud, especialmente, de las que nacen con frecuencia, noviazgos, inspirados, unos, en la atracción simpática de los sexos, y, otros, con fundamentos de escasa solidez, que el tiempo o las circunstancias enfrían o apagan, haciéndolas desaparecer y poniéndolas en unas condiciones de tibiedad peor que el acabamiento.

Uno de estos últimos casos le ocurrió a Florentina, avecindada en una de las localidades antes aludidas.

Florentina acudía todas las tardes con sus amigas a los paseos existente en la salida del pueblo, en los cuales se reunían las muchachas y muchachos del lugar, buscando un poco de expansión al ánimo y otro poco de ejercicio al cuerpo.

La salida del pueblo, que también era entrada al mismo, era un lugar pintoresco y generalmente agradable.

[Ambientación] Encuentros en el paseo. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

A ambos lados del tramo de carretera que enlazaba con la general que lo unía con las demás poblaciones, existían poyos y bancos sombreados por la extensa y poblada arboleda, cuya sombra, en el verano, constituía un encanto y cuyo sol, en el invierno, una delicia.

Situada en una altura bastante prominente, dominaba la ubérrima campiña, poblada de caseríos, de huertas, de sembrados y de prados, con sus numerosas piaras de ganados, y, por el lado sur, el mar, con sus aguas rizadas por la brisa, constantemente surcado por embarcaciones de todas clases, cuyas siluetas se divisaban muchas veces con toda claridad.

Paseando entre aquel sol y aquella sombra, florecían de todas clases de noviazgos, unos que se consolidaban, ascendiendo hasta el matrimonio; otros que se deshacían como la espuma del jabón o el azúcar en el agua tibia, y otros que se reducían a relaciones más o menos íntimas, que no pasaban de tales, aunque otra cosa aparentaran.

A estas últimas pertenecían las entabladas entre Florentina y Juan Eugenio.

Juan Eugenio era huérfano de padre. Su madre, como hijo único, puso en él todas sus afecciones y el hijo, acostumbrado por los mimos maternos a que se realizaran todos sus deseos, fue acostumbrándose a mandar y a dirigir de tal modo, que puede asegurarse que desde mucho antes de llegar a la mayoría de edad, era el jefe de la casa: lo mismo disponía las sementeras y sus labores, que seleccionaba y vendía los granos y el ganado, con una precocidad y un acierto que admiraban a sirvientes y extraños y llenaban de satisfacción a la que lo había llevado en sus entrañas.

Para llevar la casa de sus progenitores, resultaba todo lo ducho y acertado que se deja expresado. Mas para todo cuanto tendía a lo que pudiera acabar en matrimonio, resultaba ser un tanto misógino, y si no propiamente contrario o enemigo de la mujer, era, por lo menos, un tipo que había nacido para ser solterón recalcitrante.

Florentina tenía padre y madre. Además, eran cinco hermanas, y aunque poseían algunas rentas, tenían que ayudar con su labor personal a los quehaceres de la casa, para ir tirando en el vivir de la clase media, modesta, a que pertenecían.

Como eran muchas en el arreglo de las faenas caseras, pronto daban cima a las mismas, disponiendo del rato que todas las tardes empleaba en pasear y disfrutar en la alameda de la salida del pueblo.

[Ambientación] Encuentros a escondidas. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

En esos paseos no diré se conocieron, porque ya se conocían, sino que se encontraron, porque Florentina parece que procuraba encontrarse con Juan Eugenio más veces que las de pura casualidad, no sabemos si porque le gustaba secretamente o porque le atraía su posición de mocito bien acomodado.

Aunque el ánimo de Juan Eugenio no le inclinaba mucho a ello, como había de hacer lo que los demás mozos, porque su incultura no podía darle argumentos para sostener la libertad de hacer lo que le diera la real gana, cual hubiera hecho un señorito pasado por la universidad, se hizo novio de Florentina.

Ésta por poco se vuelve loca de alegría, y a pesar de las tibidades de Juan Eugenio, llegaron a verse, previamente de acuerdo, a través de los hierros de una ventana baja de la casa de ella, y hasta dentro de los domicilios respectivos, en visitas de cortesía entre sus respectivas familias.

En la forma expresada, duraron las relaciones, años tras años, hasta transcurrir varios, y cuando las circunstancias ofrecían ocasión oportuna y ella planteaba la cuestión de su matrimonio, nunca faltó a él una evasiva para eludir compromisos.

Con ocasión de celebrarse el matrimonio de una de las hermanas de Florentina, renovó ésta la cuestión batallona del suyo, obteniendo de Juan Eugenio la siguiente conclusión:

-Mira, Florentina, mientras mi madre viva, y Dios quiera que sea mucho tiempo, no me caso. Hay que tener paciencia y esperar.

Florentina se resignó, una vez más, y esperó. Esperó varios años más, no sabemos cuántos, pero sí que no fueron pocos, durante los cuales no se atrevió ni a sacar más a colación la cuestión enojosa que la consumía en su interior, ni a dar por terminada las relaciones con aquel hombre, a quien quería y amaba tan entrañablemente.

Reavivada constantemente la paciencia de Florentina, cada vez que pensaba en su situación y circunstancias, llegó un día en que faltó la madre del novio, fallecida de muerte natural, acaecida cuando la pobre señora se acercaba a la verdadera senectud.

Florentina se instaló, con dos de sus hermanas, en la casa de la que consideraba como madre política, atendiendo como una hija verdadera a todas las necesidades y servicios domésticos extraordinarios que en estos casos se rodean.

[Ambientación] Florentina desfallecida. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.

Cumplido el novenario de luto, tornó con sus hermanas a su domicilio, reanudando en el mismo su vivir ordinario.

Volvieron a pasar los días, y en uno en que el caso se ofreció propicio, volvió a presentar al novio la <papeleta> del casamiento.

Éste, después de meditar unos instantes, dijo a su novia:

-Vamos a ver: ¿yo qué te dije la última vez que me hablaste de nuestro matrimonio? -Me respondiste -¡lo tengo tan presente!- que había que tener paciencia; que mientras que la pobre de tu madre viviera, no te casabas. Tu madre, por desgracia, ha fallecido. Estás solo y cuidado por manos mercenarias. A mí me has entretenido de tal modo que, si no me caso contigo, no puedo casarme con nadie. Ya es razón. Necesito que te decidas. Nuestra situación no debe prolongarse ni un día más. ¡Hasta ridículo resulta continuar como estamos! Se hace indispensable tu definitiva resolución.

Al discurso de su novia, justo y razonable hasta la saciedad, contestó Juan Eugenio con la mayor flema:

-Bien, mujer. Yo te decía entonces, es cierto, que había que esperar; que, mientras mi madre viviera, no me casaba. Exacto. Pues ahora agrego que, para casarme, hay que esperar ... a que reviva.

No hay que decir que Florentina cayó desplomada al suelo y que tuvieron que recogerla como muerta. 

*** Fuente: “AMAPOLAS Y JARAMAGOS: cuentos, anécdotas, narraciones y chascarrillos”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 141-144. Primera edición, Gráficas Morales, Jaén, 1.940.  

domingo, 23 de agosto de 2026

HISTORIAS DE LUIS BRICEÑO, 63.

LA YEGUA TORDA.

Una de las mejores caballerías de silla de todos aquellos contornos era, era, sin duda alguna, la yegua torda de un compravendedor de granos y aceites, de una de las poblaciones en que hemos residido, y no son pocas.

El animal era, efectivamente, un bello ejemplar de la raza caballar, de buena talla, buen andar, buena edad, mucha docilidad, mucha tranquilidad y nobleza de un pacifismo poco común en esta clase de animalitos.

El dueño, enorgullecido por las raras cualidades de su cuadrúpedo, lo cuidaba con todo esmero y lo quería con la misma inclinación y apego que el niño tiene al juguete que le entusiasma y más le distrae.

[Ambientación] El dueño de la yegua, en la plaza, preparado para prestarla, mientras comentaba la confianza que tenía en su animal y en quien lo montaba. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

En cierta ocasión le pidió la yegua, prestada, un funcionario público a quien circunstancias de índole fiscal le impedían negarle el favor, para evacuar cierta diligencia de carácter urgente e inaplazable en localidad cercana a la que ambos residían. Era cuestión de horas; esto es, salir por la mañana, para retornar en las primeras horas de la tarde: total ocho o nueve horas.

El comerciante, que tenía confianza suficiente para ello, advirtió al funcionario, en recordación de lo que todos sabían, el interés y simpatía que sentía hacia el animalito que le confiaba, recordándole, ratificadamente, el ruego de que también lo atendiera y cuidara como él lo hacía, recogiendo del empleado amigo las seguridades completas de su buen comportamiento para con la yegua, al tiempo de su despedida.

Corrían las últimas horas de la tarde de aquel mismo día. Temperatura excelente. Cielo despejado, por el que sólo rodaba, de vez en vez, alguna pequeña nube blanquecina, impelida por suave y refrescante brisa marina.

El dueño de la yegua torda, al igual que otras personas de la vecindad, disfrutaba de las excelencias de la temperatura, sentado en la amplia zona cubierta de sombra de la plaza principal del pueblo, al lado de la puerta de la Oficina pública donde su amigo el empleado, a quien había prestado su animal favorito, prestaba sus servicios.

Conversando con otros compañeros del oficinista viajero, comentaba el posible trato dado por el mismo a su caballería.

[Ambientación] El examen del dueño puso de manifiesto el descuido: la yegua no había sido atendida en todo el día. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

-Cuando venga -decía-, veréis cómo le saco yo si la ha cuidado o no, como me ha ofrecido.

-¡Cómo! -manifestaban sus escuchantes-; ¿pero eso se conoc?

-Ya lo creo que se conoce. Veréis como yo se lo averiguo, con la mayor sencillez.

Y, en efecto, unos minutos después, caballero en la yegua torda del compravendedor que conocemos, llegó el excursionista, parándola y apeándose precisamente delante del dueño de la misma.

Éste, levantándose de su asiento y tomando las riendas del animal, le hizo observar al que acababa de ser su jinete:

-Hombre, esta cincha la apretaste demasiado, y la barbada del freno viene torturando al animalito.

A estas observaciones, contestó ingenuamente el aludido:

-Yo, no. A mí no se me pueden achacar esas anomalías. Eso lo llevaba indiscutiblemente de aquí, porque allí, ni se le ha quitado la silla, ni se le ha tocado al bocado.

A confesión de parte, revelación de prueba.

Si al animalito no se le quitó la silla, ni se le tocó, siquiera, al bocado, señal evidente de que no se le había apiensado ni cuidado.

Con estas confesiones, quedó al descubierto lo que el dueño de la yegua torda se había propuesto y había conseguido. 

*** Fuente: “AMAPOLAS Y JARAMAGOS: cuentos, anécdotas, narraciones y chascarrillos”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 139-140. Primera edición, Gráficas Morales, Jaén, 1.940.  

viernes, 7 de agosto de 2026

HISTORIAS DE LUIS BRICEÑO, 62.

 ESTATUA DE … <ENTRA>.

¿En qué pueblo de regular vecindario no hay un tipo de esos zafios, viciosos o degenerados que no esté de nones por su especial idiosincrasia?

Ya pueden, seguramente, contarse con los dedos de la mano.

Precisamente por esa proporcionalidad tan general, existía en una población cuyo nombre no hace el caso, una de esas pobres criaturas que, además de ser uno de esos infelices aludidos, tenía un genio acibarado, de los que más desagradan a todos y que, precisamente por esa desagradabilidad superlativa, se hacía más destacada.

Carente de familiares directos y cercanos, vivía con unos lejanos, que le habían cobijado por caridad más que por parentesco, y como estos acogedores eran modestos trabajadores eventuales, no podían proporcionarle, aunque otra cosa fuera su voluntad, nada que no fuera albergue humilde, donde pudiera guarecerse y pernoctar.

[Ambientación] El pobre degenerado, caracterizado como la mujer de Lot en la fiesta oriental de disfraces. Fuente: Imagen creada por ChataGPT. 

Por eso, el pobre degenerado a que nos referimos se vestía y se alimentaba de lo que sobraba o no querían los demás.

Era, además, muy goloso, tan goloso, que, por un simple caramelo y hasta por un pequeño terrón de azúcar, hacía cuanto sabía por complacer o halagar al que se lo ofrecía. Era, así mismo, un fumador sempiterno, y por un cigarro, y hasta por una colilla, en muchas ocasiones, claudicaba y conseguía reducir o anular momentáneamente el temple de su genialidad peculiar, convirtiendo su gesto y su acción en lo más agradable de que era capaz. En ese sentido se vio muchas veces que, sobre todo, por muy huraño y destemplado que se sintiera, un cigarrillo le devolvía la placidez al semblante y sacudía la intransigencia de su acción.

Dentro de la más acusada rebeldía y brusquedad de su carácter, era, más que pusilánime, cobarde, temiendo, como nadie, cualquier amenaza o conato de castigo corporal. Cuando se le amenazaba con pegarle y comprendía cercana la posibilidad de que una amenaza se convirtiera en realidad, se humillaba cobardemente, pidiendo perdón con la mayor sumisión y acatamiento.

Con motivo de la celebración de un baile carnavalesco, se juzgó conveniente adornar el patio privado de una casa andaluza con instalaciones, estatuas, y flores que le caracterizaran de salón de baile estilo oriental.

[Ambientación] El dueño de la casa amonestando al infeliz: “Te voy a convertir en estatua de <entra>”. Fuente: Imagen creada por ChataGPT. 

Pensando en nuestro pobre degenerado, le engatusaron con dulces y tabaco y aceptó complacido representar a la bíblica mujer de Lot.

Uno de los invitados que, tras el atavío de que estaba engalado, lo descubrió, hubo de saludarle jocosamente, aplicándole el mote que más le molestaba:

-¡Hola, enterraor! ¡Qué guapo y qué bien estás así!

Al escuchar el pobre idiota aquel apóstrofe que tanto le solía irritar, se descompuso, nerviosísimo, abandonando, todo corajudo, el papel de estatua que representaba, llegando a hablar groserías del excitador y de sus inmediatos familiares.

El dueño de la casa, dándose cuenta de la fechoría del idiota, le atrapó por un brazo, cuando intentaba huir hacia la calle, diciéndole con vehemencia:

-Ven acá, idiota. A la mujer de Lot la convirtió su curiosidad en estatua de <sal>; pero a ti te voy a convertir yo, como no obedezcas, en estatua de <entra>. 

*** Fuente: “AMAPOLAS Y JARAMAGOS: cuentos, anécdotas, narraciones y chascarrillos”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 137-138. Primera edición, Gráficas Morales, Jaén, 1.940. 

jueves, 23 de julio de 2026

HISTORIAS DE LUIS BRICEÑO, 61.

FUE POR LANA ...

Desde la casa cercana, domicilio de aquel galleguito simpático y acogedor, que tantos y tan buenos amigos poseía en la localidad, se percibían, con toda claridad, el bullicio y la algarabía de la multitud de amiguitas -ramillete de fragantes rosas, claveles y azucenas del lozano jardín de la juventud local- reunidas en casa de Pepita, previa convocatoria de la misma, mediante invitación expresiva, para celebrar con la pompa y la alegría de siempre, la fecha de su onomástica, el Santo Varón, esposo de la Santísima Virgen, Madre de Dios.

Pepita era una joven -cada cual tiene la edad que representa, según el filósofo- vivaracha y simpática, atractiva y encantadora, algo madurita, por lo metida ya en años; pero bien conservada y rejuvenecida, que veía disiparse el tesoro de su juventud sin haber tenido nunca quien le hubiera dicho en serio algo que pudiera traducirse en formal promesa de matrimonio, del que estaba tan marcadamente deseosa.

[Ambientación] Fiesta en casa de Pepita. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

Y por lo mismo que en su fuero interno se consumía angustiosamente el fuego de sus ilusiones más caras, en la apariencia pretendía disimularlo, dando la sensación de indiferencia o de conformidad con las circunstancias; pero los que la conocían en los detalles más nimios de su intimidad, sabían que sus deseos, constituidos de verdadera comezón, hacían que estuviera dispuesta a asirse aunque fuera de un clavo ardiendo, como reza el antiguo y conocidísimo aforismo popular.

Por eso, echando la casa por la ventana, como suele decirse, había organizado aquella fiesta mas, de tal modo que comenzara por la mañana, con el desayuno clásico, servido en su domicilio, inmediatamente después de la salida de la misa de invitación celebrada en honor del Bendito Patriarca, continuando todo el día, con el almuerzo y cena, que tan diestramente sabía organizar, para terminar cuando el cansancio y el agotamiento de energías se hicieran tan ostensibles que todos se fueran dando por vencidos.

A la hora a que nos referimos en la presente narración, había ya en casa de Pepita, una gran concurrencia; pero el nervio, por decirlo así, de la fiesta; esto es, la parte de invitados que constituían el <manojo de nardos> en que podía figurar la presunta víctima que se dejara coger en las mallas de la red de atractivos de que era dueña Pepita, no había acudido todavía a la reunión: se hallaba, adrede, de tertulia, en la casa del galleguito amable, que era la persona en la que convergían todas las descargas de atracción del corazón de Pepita.

Y nada: pasaron las horas mañaneras, y aún las del mediodía, y la tertulia del galleguito, ni se disolvía, como anhelaba Pepita, ni respondía al encarecimiento de la invitación expresiva y cariñosa que al efecto se le tenía hecha.

[Ambientación] La botella enviada al galleguito. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.

Viéndolo suceder así, la nerviosidad impaciente de Pepita le sugirió un ardid, que puso inmediatamente en práctica, para ver de provocar una solución a la espera que tanto la torturaba. Al efecto, mandó llenar una botella de agua con café, coloreada al temple del amontillado que rezaba en la marca que de la misma había sido envase, y la envió, como obsequio delicado a la tertulia del galleguito. En ésta se comprendió el alcance del inocente engaño; pero disimulándolo, se amargó el líquido y se decidió marchar humorísticamente y en colectividad a presentar la más dolorida queja, por la pesadez de la broma de que había sido objeto.

-Si hubiera sido sólo de agua de café, el contenido … ; pero ... ofrecer un amargo tan pronunciado, que hubiera podido constituir un atentado a la salud de todos …

A la queja, tan plenamente razonada, se adelantó, coquetona a contestar, Pepita, procurando hacer resaltar los hechizos de su persona encantadora, alegando, ingenuamente, como autora principal de la pega.

-No tanto, señores míos: esa queja lastimera carece de fundamento. Yo misma preparé el inocente brebaje, y como prueba inequívoca de su inocuidad y simpleza, venga una copa del mismo.

Servidas que fueron varias de ellas en la propia batea y vasijas que fueron enviadas a la casa del vecino, fue agotada de un solo y rápido trago la que tocara a Pepita, que si bien no sufrió otro daño que la molestia del amargor del líquido ingerido, y el pequeño bochorno del que va por lana y sale trasquilado, todo lo hubiera dado ella por bien empleado, si de aquella fiesta hubiera sacado algún consuelo para su corazón; pero de la piña en que cifraba sus últimas ilusiones no se desgajaba ni un piñón, y eso para ella era más amargo que la trasquiladura sufrida con el vino engañoso, que fue presagio de su milésima ilusión desvanecida. 

*** Fuente: “AMAPOLAS Y JARAMAGOS: cuentos, anécdotas, narraciones y chascarrillos”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 133-135. Primera edición, Gráficas Morales, Jaén, 1.940.  

domingo, 5 de julio de 2026

HISTORIAS DE LUIS BRICEÑO, 60.

 ¿ME HABRÉ COMÍO, POR FIN, A MI COMPARE?

Joselón. Le llamaban así por su colosal estatura, por su extraordinario grosor y por su enorme peso, nada común. Para darse una idea más exacta de este <hermoso ejemplar de la humanidad>, baste consignar que medía 1,93 de alto, 1,80 de perímetro torácico y que pesaba 148 kilogramos. Un verdadero gigantón que de estar diestro y preparado para dar y quitarse puñetazos, hubiera llegado, posiblemente, en el boxeo pesado, a campeón.

No bebía; es decir, nunca se emborrachaba. Todo su vicio como consumidor de bebidas alcohólicas, se limitaba a tomar algunos <vasitos>, cuando la índole de un negocio de los de su profesión le obligaba a ello. Nada más.

Pero aquel día, se pusieron más tardos y pesados los componentes de la reunión con quien departía que, para terminar definitivamente el negocio que arreglaba y que tanto convenía a sus intereses, tuvo que beber y bebió, alternando con todos ellos, al son de la sed de su compadre, que era un sempiterno bebedor habitual, hasta llegar al ahitamiento, con su correspondiente papalina.

[Ambientación] El gigantón Joselón, ya picado por el vino y las burlas, advierte entre risas y amenazas que no tolera chanzas … ni de su propio compadre. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.

Ya beodos todos, el compadre de Joselón, que, por contraposición de éste, era una especie de liliputiense, por su estatura y complexión física, le hizo objeto de sus chanzas y burlas más descaradas, llegando en su osadía malsana, al insulto, con sus insulseces y bravatas. A tal punto llegaron aquéllas y éstas que Joselón, amoscado y nervioso, tuvo que tratar de ponerle punto, diciéndole:

-Compare, mire usté que al que a mí me falte o conmigo trate de divertirse, poniéndome en ridículo, como usté está haciendo hay ya un rato, soy capá de comérmelo cruo, si es que no hago con él cualquié otra barbariá.

-Pero, compare, ¿a mí también me alcanza esa barraganá? … ¿Se atrevería usté? ... ¿Sería usté capá?

-Capá, capatá, encargao y hasta administraó de esa labranza. Conmigo no se pitorrea naide, sea quien sea. Eso, no. Al que me falte o conmigo se chungue, como usté está haciendo, lo doblo y me lo trago cruo, repito. Eso que naide lo ponga en dua.

Ante la resuelta y enérgica actitud del gigante, se tuvieron todos que reprimir y aguantar, sin pestañear siquiera, y, luego de unas últimas copas, consumidas ya en silencio y sin más valor que el puro alarde de mayor consumo, se disolvió la reunión, marchando cada cual hacia su conveniencia.

Joselón, borracho por completo, llegó a su casa caminando sin dar grandes tumbos, pero hecho una verdadera cuba.

[Ambientación] Rendido por la borrachera, Joselón vacía el estómago al fresco de la noche, mientras abajo crece el alboroto y arriba nace su absurda sospecha. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.

Apenas entró en su domicilio, el calorcillo del hogar aumentó el mareo, y ante el hipo y las náuseas que le amagaban, su esposa le tendió el colchón junto a la entreabierta puerta del balcón, a fin de que el aire libre aliviara la angustia que a su esposo torturaba. Pero, ¡ca!, al minuto chorreaba por dicho hueco, hacia la calle, casi todo el líquido que Joselón había ingerido.

Debajo, en la puerta de la calle, junto a la acera, estaban sentados unos vecinos que aprovechaban el fresco de la tarde, y que, al recibir el extraño aluvión protestaban con calor, increpando a los vecinos del cuarto chorreante.

El borracho, algo más sosegado por el desahogo de su estómago, pero bastante trastornado todavía, decía, lleno de estupor, a su esposa:

-Dolores, ven acá y dime: ¿quién habla ahí, en la escupidera? ¿Me comería, por fin, al compare y lo habré tenío que vomitá?. 

*** Fuente: “AMAPOLAS Y JARAMAGOS: cuentos, anécdotas, narraciones y chascarrillos”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 131-132. Primera edición, Gráficas Morales, Jaén, 1.940. 

PINCELADAS HISTÓRICAS EN LOS PROGRAMAS DE MANO DE FERIAS.

A continuación se presenta un recorrido por uno de los rasgos más definitorios de la historia de Conil de la Frontera: su carácter de tierr...