ESTATUA DE … <ENTRA>.
¿En qué pueblo de regular vecindario no hay un tipo de esos zafios, viciosos o degenerados que no esté de nones por su especial idiosincrasia?
Ya pueden, seguramente, contarse con los dedos de la mano.
Precisamente por esa proporcionalidad tan general, existía en una población cuyo nombre no hace el caso, una de esas pobres criaturas que, además de ser uno de esos infelices aludidos, tenía un genio acibarado, de los que más desagradan a todos y que, precisamente por esa desagradabilidad superlativa, se hacía más destacada.
Carente de familiares directos y cercanos, vivía con unos lejanos, que le habían cobijado por caridad más que por parentesco, y como estos acogedores eran modestos trabajadores eventuales, no podían proporcionarle, aunque otra cosa fuera su voluntad, nada que no fuera albergue humilde, donde pudiera guarecerse y pernoctar.
[Ambientación] El pobre degenerado, caracterizado como la mujer de Lot en la fiesta oriental de disfraces. Fuente: Imagen creada por ChataGPT.
Por eso, el pobre degenerado a que nos referimos se vestía y se alimentaba de lo que sobraba o no querían los demás.
Era, además, muy goloso, tan goloso, que, por un simple caramelo y hasta por un pequeño terrón de azúcar, hacía cuanto sabía por complacer o halagar al que se lo ofrecía. Era, así mismo, un fumador sempiterno, y por un cigarro, y hasta por una colilla, en muchas ocasiones, claudicaba y conseguía reducir o anular momentáneamente el temple de su genialidad peculiar, convirtiendo su gesto y su acción en lo más agradable de que era capaz. En ese sentido se vio muchas veces que, sobre todo, por muy huraño y destemplado que se sintiera, un cigarrillo le devolvía la placidez al semblante y sacudía la intransigencia de su acción.
Dentro de la más acusada rebeldía y brusquedad de su carácter, era, más que pusilánime, cobarde, temiendo, como nadie, cualquier amenaza o conato de castigo corporal. Cuando se le amenazaba con pegarle y comprendía cercana la posibilidad de que una amenaza se convirtiera en realidad, se humillaba cobardemente, pidiendo perdón con la mayor sumisión y acatamiento.
Con motivo de la celebración de un baile carnavalesco, se juzgó conveniente adornar el patio privado de una casa andaluza con instalaciones, estatuas, y flores que le caracterizaran de salón de baile estilo oriental.
[Ambientación] El dueño de la casa amonestando al infeliz: “Te voy a convertir en estatua de <entra>”. Fuente: Imagen creada por ChataGPT.
Pensando en nuestro pobre degenerado, le engatusaron con dulces y tabaco y aceptó complacido representar a la bíblica mujer de Lot.
Uno de los invitados que, tras el atavío de que estaba engalado, lo descubrió, hubo de saludarle jocosamente, aplicándole el mote que más le molestaba:
-¡Hola, enterraor! ¡Qué guapo y qué bien estás así!
Al escuchar el pobre idiota aquel apóstrofe que tanto le solía irritar, se descompuso, nerviosísimo, abandonando, todo corajudo, el papel de estatua que representaba, llegando a hablar groserías del excitador y de sus inmediatos familiares.
El dueño de la casa, dándose cuenta de la fechoría del idiota, le atrapó por un brazo, cuando intentaba huir hacia la calle, diciéndole con vehemencia:
-Ven acá, idiota. A la mujer de Lot la convirtió su curiosidad en estatua de <sal>; pero a ti te voy a convertir yo, como no obedezcas, en estatua de <entra>.
*** Fuente: “AMAPOLAS Y JARAMAGOS: cuentos, anécdotas, narraciones y chascarrillos”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 137-138. Primera edición, Gráficas Morales, Jaén, 1.940.


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