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viernes, 16 de octubre de 2026

25/36. “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR”, por LUIS BRICEÑO.

 CUITA.

«”Por la cimera de los ventanales de la salita donde guardaba cama el profesor, abierta constantemente para dar luz y ventilación a la misma, entran en torrentes de oro, los primeros rayos del sol mañanero.

Simultáneamente con ellos, entra, también, suave y acariciadora, la brisa vespertina, inundando el aposento del perfume de los jardines que casi rodean el benéfico establecimiento. Allí huele sobresalientemente a heliotropo y a jazmines, cuyas matas se enredan y hasta trepan por los propios hierros de los ventanales. La temperatura es agradable; el ambiente, grato.

El enfermo ha descansado relativamente bien, dentro del abatimiento que le ha hecho perder el ánimo y, con él, las fuerzas y el vigor. Le despertaron las primeras claridades del nuevo día y la música armoniosa de los pajarillos que se aposentaban en la arboleda de aquellos jardines. Su imaginación no se aparta fácilmente del contristamiento [1] y profundo dolor que produce en su alma el recuerdo, cruel y artero, de lo sucedido en el “Bosquecillo de las Juncias”. En su ánimo persiste la turbación y la angustia y está a punto de romper en pungidos [2] cuando se le presenta la hermana enfermera, preguntándole que si había descansado y cómo se encontraba. 

[Ambientación] El profesor confiesa a la hermana su amor por la venterita y las circunstancias de su expulsión. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

—Descansar, psh, descansar! … Si el descanso se refiere a reposar o a reparar fuerzas con la quietud y la buena alimentación, sí, he descansado bastante. Sois aquí excesivamente amables y cuidadosas para que eso no se pueda lograr con facilidad. Mas si se relaciona la pregunta con el haber conseguido alivio o consuelo en mi verdadero padecimiento, hermana bendita, he de serle franco: no. En ese aspecto, es difícil, por no decir imposible, el mejoramiento, a pesar de vuestra extremada solicitud.

—¡Huy, lo que acabo de descubrir! ... ¡Enfermedad moral! Pues mire, hoy, que traigo autorización especial para interrogaros cuanto sea necesario, comenzaré por decirle que también podemos hacer algo en ese sentido, cuando el paciente es sincero y confía en Dios Nuestro Señor.

—¿Sí? Pues yo me precio de poseer ambas cualidades.

—Vamos por partes. En primer lugar, y antes de nada, necesitamos conocer su nombre y sus apellidos, el de sus padres, la naturaleza de usted y sus demás circunstancias. De modo, pues, que ahora soy yo quien interroga: ¿cómo se llama? ¿Se puede saber?

—¿Por qué no? José María de Dios.

—¡Hombre! ...

—Otra cosa no sé.

—Bien. ¿Edad? ...

—Creo que poco más de 18 años.

—¿Naturaleza? ...

—Me parece que de Madrid. Al menos, eso es lo que he logrado averiguar en todas mis investigaciones.

—¿Alguna otra particularidad? ...

—Secretas, dos: una, indeleble: falta de la primera falange del meñique del pie izquierdo; otra, de archivo: medio escapulario valioso, con iniciales disimuladas.

—Muy bien. Ahora, antecedentes del padecimiento moral. Esto, sin violencias, ni para su ánimo, ni para sus reservas.

—Le hablo con la misma sinceridad que al confesor.

—Gracias por su confianza. Su depósito revestirá la solemne cualidad de lo intransferible. Sólo la Superiora, por deberes de nuestra regla, compartirá el secreto, si usted así lo quiere.

—De la Receptoría donde me depositaron, pasé con la edad de párvulo al nuevo Establecimiento provincial donde adquirí la primera enseñanza. No me iniciaron en ningún oficio. Solamente noté, ya algo mayor, el interés, la asiduidad, el cariño y la solicitud que el profesor docente ponía en mi educación y en mis estudios. A él debo, precisamente, la poca ilustración que poseo, mi entrenamiento en los deberes religiosos y mi formación espiritual.

—Se la ha dejado conocer desde el primer cambio de palabras. Sinceridad por sinceridad. A ello ha obedecido esencialmente mi condescendencia en el dialogar, autorizada, como es natural, por mi Superiora. 

[Ambientación] La hermana le da su alimento y le ofrece su ayuda. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

—Agradecido y continúo. Mi vida se deslizó monótona y corriente, sin más actividades que las concernientes a esos aspectos que le he referido. Mas llegó el momento en que por razones de edad no podía continuar por más tiempo en el benéfico establecimiento, y se me dio la libertad de conducirme en la sociedad por mis propios medios. Ahí tiene usted, hermana amable, el comienzo de mi calvario y de mi peregrinación angustiosa en la vida, siempre en pos del calor de la creación de un hogar y, si la mancha de carecer de apellido no lo impide, el de una familia.

—¿Y por qué salió de Madrid, donde el logro de su justa aspiración era, sin duda, más factible?

—Muy sencillo: en los primeros días de mi libertad de acción, me ayudó el profesor del establecimiento provincial, no sólo con alimentos, sino recomendándome con todo interés entre sus amistades. Estas gestiones no dieron resultado alguno y como los medios económicos de aquella excelente persona no le permitieran más dispendios, ni mi conciencia me permitía consumir lo que era de otros necesitados, hube de rendirme a la situación de mi propia suerte. Y acarreé bultos y maletas, pedí limosna, comí sobra de rancho en los cuarteles y dormí en los antros de la plebe, hasta que una batida de la Policía me lanzó a los caminos y carreteras, a buscar en el pedir ambulante los medios más indispensables para la subsistencia.

—¡Qué horror! ... ¿Y cómo sabe lo de aquellas particularidades que le comprenden entre los reclamables?

—Un secreto del profesor de mis enseñanzas.

—¡Ah! Luego él sabía algo de sus antecedentes familiares.

—Lo que le dio a conocer el acta de mi recepción, de la que, como persona de absoluta confianza, fue testigo.

—Ya, ya. ¿Y lo del padecimiento moral?

—Segunda y esencial parte de mi cuita: una particularidad más de mi sino de sufrimiento.

—¿Fatalista?

—Cristiano sincero y fervoroso. Realizaba una de las caminatas de mi constante vagar. Al margen de la carretera general, sentada al borde de un abrevadero existente frente a una Venta, hallé una tarde a una joven cuya sola presencia cautivó mi corazón. Dialogamos, simpatizamos y, luego de un breve incidente provocado por los celos del encargado de mostrador del establecimiento, a quien la hija del ventero tenía rechazado de plano, quedé colocado en la Casa, para llevar la cuenta y razón de los negocios de la misma; sustituir a la venterita en los quehaceres impropios de una mujer, que corrían a su cargo, y para darle lecciones de la primera enseñanza, que apenas conocía. ¡Dios misericordioso, que me abría la senda de mis vehementes aspiraciones! 

[Ambientación] El profesor reflexiona en silencio, dolorido, recordando a María y su primer amor. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

—Profesor de una joven con quien se ha simpatizado...

—De ella enamorado. Sí, señora. Eso me llamaban, profesor, para sustituir mi nombre, por el que nadie me preguntó nunca. En esta mi confesión —ya que como tal la considero— he de hacer una advertencia importante: lo primero, de mí, que conoció la venterita, precisamente en el primer diálogo con ella mantenido, fueron mis circunstancias personales y mi situación social.

—Y a pesar de ello, simpatizó.

—¡Claro! Como que esos fenómenos se operan en el alma. Por algo se dice que el Amor es ciego.

—Siga.

—Nos enamoramos mutuamente: primer amor puro, noble, santo ... Así nos lo juramos, con efluvios nacidos directamente del alma, aunque con el propósito de encerrarlo en nuestro pecho, disimulándolo, por el pronto, ante los demás, por temor a los efectos de mi carencia de apellidos y a los recelos del encargado de mostrador, pues de un derrotado hay que estar siempre prevenido.

—Difícil dificultad.

—En efecto, fuimos descubiertos cuando la fuerza de nuestro amor era más vigorosa y lozana, más pujante e incontenible ... ¡Escena terrible, que jamás se borrará de mi memoria! ... Fui menospreciado por la madre y definitivamente expulsado! ... ¡Pobre amor, truncado y maltrecho, cuando más firme y seguro se creía! ... ¡No puedo recordarlo ni olvidarlo! ...

El convaleciente se aflige y de sus pupilas, quieras que no, caen gruesas lágrimas, cuyo brillo va a apagarse al ser absorbidas por las ropas cameras.

La hermana enfermera también se entristece; pero, más fuerte de ánimo, consuela al paciente y corta la escena elevando su mirada al infinito y exclamando con toda unción:

—Dios es Grande y Sapientísimo. Elevemos nuestro pensamiento hacia Él y acatemos, humildes, su santa decisión. “» 

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR: [1] La palabra contristamiento no se encuentra recogida como entrada independiente en el diccionario de la RAE, pero proviene de contristar: entristecer, afligir, a penar, apesadumbrar, … Fuente: Diccionario RAE. // [2] Pungido es el participio del verbo pungir, poco usado hoy en día, o bien puede tratarse de una confusión común con la palabra pujidos: gemidos o sonidos que una persona hace exhalar con fuerza duranre un esfuerzo físico o por dolor. Fuente: Diccionario RAE. // 

*** Fuente: “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR: novela de notorio matiz ingenuo, de escasa traba episódica y de carácter sentimental”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 165-170. Diario Jaén, Talleres Gráficos, s/f. 

lunes, 28 de septiembre de 2026

ACCIDEN24/36. “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR”, por LUIS BRICEÑO. TE.

ACCIDENTE.

«”EL propio interesado no conocía lo ocurrido. Cuando su mente comenzó a discurrir de nuevo, se extrañó de encontrarse postrado en cama y de que a la cabecera de la misma se hallara, como vigilando su estado de salud, una de esas afables mujeres que posponen la brega ordinaria del vivir para elevarla al regalo del mejor servicio de Dios, que le habló con la agradable y dulce entonación que las caracteriza:

—Qué, ¿cómo se encuentra?

El pobre profesor, nuestro conocido profesor, que no era otro el enfermo, correspondió al interés de la hermana enfermera, interrogándola, a su vez:

—¿Qué es esto? ... ¿Dónde estoy? ...

—Tranquilícese, tranquilícese: está en buenas manos. ¿Siente alguna molestia? Dígamelo con franqueza, que aquí estoy yo para complacerle.

—¡En un hospital! ...

—Sí; pero no tenga cuidado. Aquí estará como en su propia casa.

—¡Como en mi propia casa! ... ¡Ay!, ¿dónde está eso? ...

—Pues en el Cielo, cuando Dios nos llame a Él y, ahora, aquí, donde de nada ha de faltarle. 

[Ambientación] El despertar del profesor en el hospital. Fuente: Imagen creada con ChatGPT.

—¡Dios mío, Dios mío! —repetía el paciente, presa de angustia congojosa, y se echó a llorar como un menor de edad.

—Sosiéguese, hermano; verá cómo con esta cucharadita que voy a darle, se tranquilizará grandemente.

Y, en efecto, con esa diligencia y amabilidad que son repetida prenda de su carácter, tomó una poción magistral que había en la mesilla de servicios y le suministró una cucharadita, expresándole:

—Ahora, a descansar, que aún le hace falta. Entretanto continuaré aquí, a su cabecera, mis interrumpidas oraciones y rogaré a Dios por su buena salud.

—Gracias, hermana, Él se lo tenga en cuenta, como yo se lo agradezco.

No hablaron más. La hermana leía o rezaba para sí, mientras el enfermo se adormeció con la somnolencia soporífera que le produjo el medicamento. Su respiración parecía tranquila. Dijérase que natural. La enfermera leyó en su devocionario durante un gran rato, al cabo del cual dio por terminados sus rezos y, mirando al paciente, habló para consigo misma:

—¡Pobrecillo! Ya parece que está fuera de peligro. Pero ... ¡qué días ha pasado el infeliz! ... El médico da ya por seguro que su enfermedad no sufrirá retroceso. Mas, por si acaso, ha dispuesto que continúe la vigilancia inmediata. Su estado me ha inspirado verdadera compasión desde el primer momento. Cuando llegó, ¡qué postración tan intensa, la suya. Parecía enteramente un cadáver. Y, luego, ¡qué fiebre! Parecía mentira que un cuerpo humano pueda resistir tal temperatura: ¡41 grados y 3 décimas! Freírse en vida; casi un San Lorenzo. Pues ... ¿y la excitación nerviosa que le sobrevino después? ... ¡Qué gritos, Dios Santo, y qué brega! Gracias a la sangría y más luego, a los calmantes, porque con aquel no parar ni estar quieto un segundo, ¡cualquiera le podía retener la bolsa de nieve en la cabeza! ...

El paciente se ha quejado débilmente y la enfermera, al observarlo, le aplica, de nuevo, la bolsa de nieve, de modo que le cubra bien el cerebro y el cerebelo. Pasan unos minutos y el enfermo vuelve a la tranquilidad aparente.

La hermana de San Vicente de Paúl, vuelve a sus interrumpidos comentarios internos:

—Aquí no conocemos, del accidente, otra cosa que no sea lo relatado por los vecinos que le condujeron; esto es, que unos porquerillos, de los que merodean, con el ganado que guardan, por las afueras de la ciudad, lo habían encontrado en el fondo de un barranco existente al borde de la carretera general, a poco más de un kilómetro de la población, creyendo, al principio, que se trataba de un cadáver, y que, avisados unos vecinos de aquellas cercanías, acudieron, presurosos, al lugar del accidente y, notando que tenía vida, le llevaron, sin pérdida de tiempo, ingresándolo en el benéfico establecimiento. Total, nada de extraordinario ni de particular, que lo distinguiera de los otros muchos registrados en lo ordinario del vivir. 

[Ambientación] La enfermera vigila al convaleciente. Fuente: Imagen creada con ChatGPT. 

Pero dentro de la vulgaridad del suceso, se acusaron ciertos detalles que no habían dejado de llamar la atención: la ropa, por ejemplo, era modesta, pero nueva, muy limpia y sin ninguna marca ni inicial; colgado al cuello, un preciado escapulario de la patrona de la ciudad y varias medallas, una de ellas de oro de ley; en un bolsillo interior, unos centenares de pesetas, cercanas al millar, y ¡ningún otro documento, tarjeta ni papel de ninguna clase que indicara absolutamente nada de su personalidad! ¿Quién era? ... ¿Cómo se llamaba? ... Ni los chiquillos que lo encontraron, ni los vecinos que lo condujeron, ni nadie sabía allí quién era, ni de quién se trataba. Estas circunstancias, con la de no haber habido nadie que en los días que allí llevaba se hubiera interesado por él, rodeaban el hecho de un misterio que no dejaba de poseer determinado interés.

Ha transcurrido un gran rato. Tres horas, cuatro, tal vez más. El paciente, por fin, ha abierto los ojos, se ha pasado la mano por la vista, la ha paseado, luego, en su derredor y, al notar la presencia de la enfermera, le ha sonreído en prueba de saludo y agradecimiento y más luego le ha manifestado:

—Conque en el hospital, ¿eh? Y con guardia a la cabecera. Mal debe andar mi pobre salud cuando de tan cerca la celan.

—No crea —le ha contestado la hermana. —Somos muchas —ha agregado— y, afortunadamente, pocos los a cuidar.

—Sin embargo ...

—No; créame. Su salud, gracias a Dios, no ofrece peligro alguno. Y, a propósito: hace tiempo que no toma nada. ¿No siente debilidad, ganas de algún alimento? Ya es hora; voy a avisar que le sirvan algo. ¿Qué se le apetece? Vamos a ver: dígalo con franqueza.

—¡Comer! ... ¿quién piensa en eso?

—Usted. Tiene que alimentarse; ha de tomar algo.

La hermana enfermera pulsa el timbre que cuelga junto a la mesilla del servicio y ordena al mozo que ha acudido:

—Vaya ante la hermana despensera y dígale que sirva un vaso de leche y unos bizcochos para el número dos.

Al poquillo rato, se presenta el mozo con una bandeja, conteniendo lo interesado.

La hermana enfermera ayuda al paciente a incorporarse en el lecho y hace que el mismo tome el alimento expresado.

El enfermo, notoriamente mejorado, le ruega que le deje un rato en aquella posición. La enfermera consiente y, aprovechando la oportunidad, le invita a dar gracias al Señor por su evidente mejoría. El paciente accede gustoso y durante un cuarto de hora, tal vez más, no se oye en el aposento otro rumor que el de las preces elevadas fervorosamente al Altísimo. Una vez terminada la acción de gracias, dice el enfermo:

—Hermana: no hay duda ninguna de que todas ustedes parecen sacadas de un mismo patrón: todas tan afables, tan complacientes, tan serviciales...

—Estamos al mejor servicio de Dios, y nada más.

—¡Sí, sí; que El os lo premie. Ahora, si no lo toma a mal, quisiera obtener otra poca de su bondad... ¿Seré complacido?

—Diga, diga, a ver si puede accederse a su deseo.

—Saber qué ha ocurrido para que me encuentre aquí y en tan excelentes manos.

—Curiosillo, ¿eh? A nosotras nos está muy recomendado no dialogar nada más que lo indispensable; pero sea como excepción de esa regla.

—No dejan de interesarme ciertos pormenores. ¿Qué fué ello?

—Pues nada: según todas las noticias, un simple accidente de los muchos de la vida.

—¿Un accidente? 

[Ambientación] El profesor conoce la verdad del accidente. Fuente: Imagen creada con ChatGPT. 

—Sí, caer al fondo de una barrancada, junto a la carretera general, perder el conocimiento y estar al sol durante unas horas. Total, nada que no haya pasado ya, gracias a Dios.

—Pero, dígame, hermana, ¿quién me recogió? ¿Quién me trajo a vuestras benditas manos?

—Le encontraron unos muchachillos que guardaban cerdos, los que, asustados, avisaron a unos buenos hombres que lo condujeron aquí.

—Perdone si insisto, prolongando el interrogatorio. ¿Muy lejos de la ciudad?

—No; a poco más de un kilómetro, hacia el lado de la sierra.

—¿Y me han conocido? ¿Quién han dicho que soy?

—¡Anda, pues si no le hemos podido inscribir, porque ni se le ha conocido ni poseía, en sus ropas, documento alguno que pudiera ilustrarnos!

—¿No contenían nada mis bolsillos?

—Nada, no: sólo contenían, que sepamos, cerca de un millar de pesetas, todas en papel.

—Dinero que no es mío.

—¿Cómo que no? Aquí está a su libre disposición.

—Era para unos encargos que se han quedado por hacer, que yo presuma.

—¡Ah!, eso usted allá. En esas cosas no intervenimos.

La llegada del médico de cabecera cortó la conversación. Reconocido de nuevo el paciente, e informado el galeno del curso de la dolencia, por la hermana enfermera, se le ha considerado como en franca convalecencia, prescribiéndosele, únicamente, mucha tranquilidad y alimentación sana y progresiva.

La hermana enfermera, se ha retirado algo después que el doctor, repitiéndole la enhorabuena por su alivio expedito, dejándole unas revistas para su entretenimiento y prometiéndole solemnemente un rato de compañía en su guardia del nuevo día.

El infeliz profesor, ya sólo con sus ideas y pensamientos, ha quedado reflexionando, en silencio, sobre su rara, crítica y difícil situación.

¿Qué habría sido de su María?… ¿Qué de su primer amor?… “» 

*** Fuente: “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR: novela de notorio matiz ingenuo, de escasa traba episódica y de carácter sentimental”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 159-164. Diario Jaén, Talleres Gráficos, s/f.  

lunes, 14 de septiembre de 2026

23/36. “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR”, por LUIS BRICEÑO.

 UNA CITA.

«”Apenas había echado Dios las primeras luces del nuevo día, sale el quitrín al servicio de la Venta, carretera abajo, con dirección a la ciudad más cercana.

Va guiado, como casi siempre, desde hace bastante tiempo, un año, más de un año, por el profesor, comisionado para retirar la expedición de chacina que no había llegado a tiempo en su último viaje, y para traer al Establecimiento, como de costumbre, algunos otros encargos de menudencias.

Hace aire y el cielo está algo nublado.

El cochecillo camina al paso natural del caballo que lo tira, y, cuando llega a un kilómetro, poco más o menos, del punto de partida, abandona la carretera, saliéndose de la misma, hacia la izquierda, hasta llegar a una pequeña depresión del terreno, muy poblada de arbolado, a cuyos pies, por la constante humedad del suelo, crecen muchas juncias. De esta circunstancia toma este sitio el nombre de «Bosquecillo de las Juncias», consignado en el billete de la hija del ventero a su amado.

Al llegar al referido lugar, se apea el conductor, ata la caballería que tira del carruaje y aguarda. No tiene prisa, aunque su impaciencia natural esté justificada.

Para entretener el tiempo, va repasando las abrochaduras de los arreos del carruaje. Lleva invertido en esta operación como un cuarto de hora. De pronto para la tarea y escucha. Entre el zumbido del aire, al sacudir las plantas y ramas de la arboleda, nota un ruido ajeno al susurrar del viento. Es el producido por el andar de su amada, que acude a la cita dada por ella misma al dueño de su amor.

María llega nerviosilla y algo recelosa, por el fundado temor de que hubieran espiado sus pasos, aunque sus precauciones fueron muchas. 

[Ambientación] La cita en el bosquecillo de Las Juncias. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.

Había suspendido los trajines mañaneros que correspondían al profesor, al que, por su ausencia, había reemplazado en todos ellos.

Al arribar al paraje donde era aguardada, fue a parar directamente a los brazos del galán, que la recibió anhelante. Emocionado por aquel espontáneo rendimiento de la amada, la corresponde con toda su ternura, consolándola con las frases más dulces de su florida dicción. Luego toman asiento en un grueso y viejo tronco de un árbol, derribado sin duda por algún violento temporal, y departen más tranquilos:

—¡Qué angustia, querido! No sabía cómo prevenirte a tiempo. Pensando mucho, urdí este plan. ¡Dios quiera que nos salga bien!

Sigue la narración de la cuita mutua, a la que pone fin el galán, que retiene entre sus manos una de las de su amada:

—¡María, alma de mi alma, pongamos fin, por si acaso, a esta entrevista, renovando nuestro juramento de eterno amor!

—Sí; es prudente. Por mi parte, lo juro en nombre de Dios Nuestro Señor, como testigo excepcional de su pureza.

—Y yo digo y juro exactamente igual que tú.

Ha terminado la entrevista. Se ponen de pie. Se besan castamente, en son de ratificación de su sentido cariño y de despedida.

Mas, en aquel preciso instante, irrumpen en el bosquecillo, primero, la madre de María, que ha presenciado el momento del beso; medio minuto después, la de Ansaldo, en cuyo semblante se retratan dos sensaciones opuestas: la alegría de ver sorprendida, en flagrante coloquio, a la pareja amorosa, cuya satisfacción perseguía con tanto afán, y el desagrado de un hecho consumado que, en su torpe pensar, relegaba al más bajo nivel social la insistencia del soñado proyecto de boda de su hijo Ansaldo. 

[Ambientación] El descubrimiento. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

La ventera, revestida de toda la autoridad de madre ofendida, independientemente de patrona quebrantada por un sirviente, no pudiendo dominar su nerviosismo ni su iracundia, dice al profesor, con voz y ademán autoritarios:

—¡Miserable! ¡Me has ofendido en lo más caro de mi alma! ... ¡No te lo perdono! ... ¡Deja el coche y vete lejos de mí, ahora mismo! ¡Que mis ojos no vuelvan a verte más, canalla! ¡¡Hala, hala de aquí!!

—Usté, comadre, haga el favó de tomá la caballería de cabestro y llévese el coche a casa.

Unos momentos más tarde, el profesor descendía, a pie, la carretera que conducía a la ciudad más cercana. Su andar era incierto, vacilante, más de ciego que no sabe dónde pisa, porque su tacto no ha llegado todavía a desarrollarse, que de beodo cuyo andar es un espectáculo de equilibrio.

La comadre, obedeciendo, sumisa, la orden recibida, conduce el cochecillo hacia la venta, llevando de la brida a la caballería que del mismo tira.

La ventera, algo detrás, camina también hacia su casa, al lado de la hija, cuyos pasos eran solamente comparables al de la víctima que va hacia el suplicio.

La potencia pensativa del infeliz profesor está absorbida por el dolor y la sorpresa. Ni pudo ni supo esta vez explicarse ni defenderse. Su raciocinar puede asegurarse que quedó en suspenso. La estupefacción, no hay duda de que, rebasando los efectos del asombro, llegó al pasmo intenso. Después de la terrible reconvención de que fue objeto, echó a andar y descendía la carretera mecánicamente. Se podía asegurar que ni oía ni veía. Asimismo podía deducirse que no sabía si era de día o de noche. Caminaba automáticamente, sin percatarse de que acababa de reanudar aquel ambular que, precisamente en la Venta, había interrumpido.

Grabado del original, p. 155.

La comadre no salía de su asombro. La escena había desbordado sus deseos. Jamás pensó en que las cosas llegaran a lo que había presenciado. De ahí el que trazara en su magín [1] mil combinaciones distintas, buscando la posición más en consonancia con sus mezquinos intereses: recoger velas, ver venir y, en todo caso, aceptar la herencia a beneficio de inventario.

La madre, afectada profundamente por la escena que presenciara, aunque sin conocer su alcance y significación, no hablaba. Tal vez por querer decirlo todo, no decía nada. Por el pronto, parecía conformarse con el duro castigo que había impuesto al que, según su propia expresión, tan caro la había ofendido.

La hija callaba. Su mirada no se levantaba del suelo y su paso, torpe y lento, daba, con su angustiado semblante, la sensación exacta del desastre que la pena, la congoja y el desconsuelo producían en su alma.

¡Pobre amor, primer amor, truncado y maltrecho, sin miramiento ni recapacitación alguna, cuando se consideraba más vigoroso y lozano, más encendido y seguro! ... ¿Qué se había hecho de él? ...”» 

NOTA DEL TRANSCRIPTOR: [1] Imaginación, creatividad, fantasía, inventiva, ingenio, cabez. Fuente: Diccionario RAE. //

*** Fuente: “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR: novela de notorio matiz ingenuo, de escasa traba episódica y de carácter sentimental”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 153-157. Diario Jaén, Talleres Gráficos, s/f.

lunes, 31 de agosto de 2026

22/36. “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR”, por LUIS BRICEÑO.

 UN BILLETE.

«“COMIENZA a amanecer. Un tupido manto nuboso cubre el cielo, disminuyendo la claridad del día. El viento sopla lento, suavísimo, con debilidad de impotencia. Una capa gaseosa, baho denso, hermano gemelo de la neblina, cubre los valles y hondonadas, ocultándolos, casi, a la vista del observador. La atmósfera es húmeda. El día se presenta hosco y poco apacible.

El nuevo empleado al servicio de la Venta, ha soltado el ganado a la libertad de bosques y prados. Los animales caminan despacio, con ese paso lento y pausado que llamamos de tortuga. Braman, gruñen, berrean o balan, según su especie, con ecos de anormalidad, como afectados por la hosquedad del tiempo.

Después, en el trajín de los demás quehaceres tempraneros, sale de dejar dos cubos de leche de la recién ordeñada por sus propias manos y, al pasar por delante de una de las ventanas de las habitaciones privadas de su amada, a no mucha distancia del referido hueco, ve caer delante de él un pequeño bulto blanquecino, que casi le ha rozado la cabeza. Se agacha, lo toma y se lo guarda con prontitud y disimulo, aprieta el paso, sin mirar nada más que al suelo, y huye de aquellos contornos, para evitar posibles acechanzas o molestas observaciones.

Camina de prisa, como apartándose de algo peligroso, hasta internarse en la espesura del monte, donde las humedades campestres y la emoción que le embarga, como intuición de presagio de algo grave, le hacen temblar, como tiembla el que sale de un baño largo y frío.

Desde un pequeño altozano del bosque, pretende otear, por encima de la niebla, y escucha durante un buen rato, no oyendo otro ruido que el de las aceleradas palpitaciones de su corazón. Y cuando ha reaccionado un tanto y se convence de que por el sitio y por la hora nadie le observa ni le escucha, cae de hinojos y reza, reza durante un buen rato, con toda la unción, recogimiento y fervor que le enseñaron a sentir, pidiendo a Dios y a su Santísima Madre ayuda y protección.

Antes, durante sus oteos, ha hecho examen de conciencia, para determinar si ha de remorderle la suya por alguna de sus acciones y cree que no. En su conducta, no encuentra nada que pueda reprocharse a sí mismo; cumple y hasta se excede en su vario cometido; no desperdicia tiempo ni especie; mira como propios los intereses que se le tienen confiados; procede en todo con la mejor buena fe, poniendo de su parte, en cuanto realiza, toda su buena voluntad. Su rectitud llenaría, de seguro, la mayor exigencia. 

“El mensaje en la niebla”. Fuente: Imagen creada por CharGPT. 

Repasa su pasión amorosa. Es muy verdad que ama ciegamente a la venterita y que su amor es colmadamente correspondido. Esta afirmación ha sido ya hecha constar; pero ... ¿Es que no es lícito amar, sobre todo con la pureza del amor que su adorada y él se profesan mutuamente? ... Entiende que sí y por eso continúa alentando espiritualmente su pasión de amor y hace por conservarla siempre rediviva.

¡Que no conoce a sus padres, ni a los de su familia, y que por ello no puede ofrecer un apellido, tal vez de esos vulgares, que tanto abundan! Muy bien. ¿Era suya la culpa? ... Él no trató jamás de ocultar esa circunstancia social. Antes al contrario: ¿no lo sabía ella desde la primera vez que se hablaron? ¿No se lo tenía repetido, como a los de su familia, cada vez que la ocasión se ofreció? ...

—¡Los de su familia! ... ¡Ah, los de su familia! Si a ellos sólo se circunscribiera la cuestión ... Él tenía la convicción de que sin la intervención interesada de Ansaldo y, sobre todo, de la madre del mismo, la de María, no habría de contrariar tercamente a su hija, cuando las cosas se aclararan. En cuanto al padre, tan amable y bonachón, se conformaría con la resolución de su esposa. Pero, ¡la madre de Ansaldo! ¡Buena era esta señora para cejar en su empeño de casar a su hijo con la venterita! Independientemente de que él la conocía, por el trato frecuente que existía entre aquellas familias, Julián, el cosario, con quien solía echar algunos ratillos de conversación, en los descansos naturales de sus ocupaciones, se lo tenía advertido con todo interés:

—¡Mucho ojo, amigo, con esa señora! Es muy despierta y, por tos estos contornos tié fama de lista y de tozúa. En su casa no hay quien mande más que ella. Por eso en esa Casilla de Peones Camineros no hay quien puea viví na más que esos tíos suyos, que por su edá tien que supeditarse a sus mandatos y decisiones. Esa señora no hay día de que ha olío lo de tus quereres, porque te advierto, chavá, que aunque los dos lo sabéis disimulá bastante bien, cualquier persona avispá, como te repito que es ésa, tié que haberlo descubierto. La niña, sobre tó, se quea algunas veces tan reguiñá en el mirá que, vamos, cualquiera sabe lo que quié decí. ¡Como que por eso se habrá colao en la casa! ¡Pa atisbarlo to, mejó!

—Sí; pero esa señora no es nada más que la cocinera.

—La cocinera y la que lo observa to, la que sabe aprovechá toas las ocasiones, pa jacé su avío y la que las promueve y las busca cuando no se le presentan. Además, con su insistencia y su tenacía, sabe conseguí lo que no puea con su habilidá. ¡Guárdate de ella, muchacho, si no quiés estropeá ese secreto!

Y era verdad lo que Julián decía. A la vista de los hechos estaba bien claro que supo aprovechar el accidente de su hijo para entrarse cómoda y convenientemente en el interior de la casa que tanto le interesaba vigilar. Y que había aprovechado bien su nueva situación, lo demostraba palpablemente el que él estuviera en pleno bosque, huido de sus acechanzas y con más preocupaciones que nunca.

Este último raciocinio le hizo recordar el mensaje de María, que se sentía en el bolsillo. 

“La esquela de María”. Fuente: Imagen creada por CharGPT. 

Con mano trémula lo tomó y, desatándolo de la piedra a que estaba atado, lo desplegó y leyó con avidez:

“Mucha precaución y disimulo. Cuanto más, mejor. Nada de miradas ni aun de presencia. Mañana, cuando marches a la ciudad, entra y aguárdame en el <Bosquecillo de las Juncias>, donde hablaremos unos minutos, para enterarte del plan que he pensado. Tuya siempre. María”

Leyó y releyó aquella tan interesante esquela, que besó repetidas veces y que después destruyó en pequeños trozos, ya ilegibles, enterrándolos para mayor seguridad. Luego, monologaba consigo mismo, camino del Establecimiento:

—¡Tuya siempre! ... Seguridad una vez más, ratificada, de su amor correspondido. ¿Cómo iba a renunciar, aunque pudiera, a aquel dulce amor, aunque accidentalmente se lo amargaran las circunstancias? ¡Renunciar! ... ¿De qué manera, si no sólo no quería, sino que no podría? ¿Cómo renunciar a una pasión mucho más fuerte que su misma voluntad? Renunciar, dejarla enfriar, nunca. ¡Jamás! Y si una fuerza mayor, imposible de vencer, lo separaba de aquellos lares para él tan queridos, sufriría seguramente tal contrariedad que no podría resistirlo. ¡Morir! ... Sin aquel amor, no le importaba. Con él, ¡a vivir para poder gozar sus delicias y bienandanzas! Primum vivere, como recordaba que decía su educador. Sí, había que vivir, que era lo esencial, y, luego, ser optimista ... A María, a su María, le sucedía igual. Lo sabía de seguro. Además, hija única, no iba a ser, en definitiva, contrariada por la madre hasta el punto de hacerla enfermar seriamente y a provocar su infelicidad para siempre. ¿Por qué no ser optimista? ... ¿Por qué había que prejuzgar su situación, estudiándola y resolviéndola por el peor de los matices? ... Aquella cita esclarecería la obscuridad de lo recientemente sucedido. Dios, a quien con tanto fervor se había encomendado, sobre todo.

Y pensando en el primum vivere de su maestro y preceptor, y presa de aquel optimismo que inundaba su alma recta y pura, reanudaba, cerca del Establecimiento en que servía, los quehaceres que había interrumpido.“» 

*** Fuente: “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR: novela de notorio matiz ingenuo, de escasa traba episódica y de carácter sentimental”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 147-151. Diario Jaén, Talleres Gráficos, s/f.


viernes, 14 de agosto de 2026

21/36. “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR”, por LUIS BRICEÑO.

 COMPENSACIÓN.

«”Ha terminado el almuerzo. María casi no ha comido. La perturbación de su ánimo es real e intensa, aunque los efectos, dominados a toda costa, no asomen al exterior.

A los postres, antes del café, que siempre servía de fundamento a la sobremesa, pretextó dolor de cabeza y se retiró a su dormitorio. Esta determinación se la aconsejaron dos razones poderosas: el temor de no poder resistir por mucho tiempo el tremendo esfuerzo que en aquella ocasión consumía sus energías, puestas a prueba exagerada por la resuelta actitud de su madre, y la necesidad de serenarse y de pensar el medio hábil de poner en aviso a su enamorado.

No escapó a la perspicacia de la madre aquella resolución de la hija, pero lo disimuló para huir de complicaciones impertinentes, ante los demás y ante la propia hija, a la que acompañó hasta el lecho, donde la dejó descansando.

La peripecia impidió la sobremesa y las lecciones de aquel día. El padre, aburrido, se durmió en un sillón, al placer de la umbrosa arboleda donde solían darse las clases mientras hacía calor, en tanto que el escribiente y profesor aprovechaba la ocasión de poner al día la correspondencia y la cuenta y razón que de los negocios de la Venta llevaba.

A este joven, no dejó de extrañarle, tampoco, el desgano de la dueña de su amor y la repentina indisposición de la misma; pero, prudente, no quiso hacer ostentación de interés alguno, por el temor de dar a sospechar el fuerte lazo que a ambos les unía.

La madre trasladó el trajín del repaso de ropa al comedor, desde cuya pieza se dominaba perfectamente la alcoba de la hija, y así no dejaba de notar lo que ocurriera a la misma, aunque estimara su indisposición leve y pasajera.

La madre de Ansaldo, terminadas sus faenas cociniles de la mañana, notando que la comadre no salía, como otras veces, a reposar la comida, se presentó en el comedor, a ayudar a la dueña del Establecimiento, aunque su idea principal fuera la de estar al olor de cuanto pudiera convenir a sus intereses y a sus conocidos planes, mientras su hijo descansaba un rato, como siempre, para poder madrugar con menos quebranto, con la arriería, y recogerse tarde, con los más trasnochadores.

—Comadre —entró diciendo—: ¿Cómo sigue la niña?

—Como usté ve: descansando un rato, mientras le pasa la jaqueca.

—Si no es más que eso, y la primera vez que la padece, es cosa pasajera.

—¿Pues qué iba a ser? ... ¿Qué quería usté que fuera? ...

—¡Qué se yo! Como hay tantas clases de males, tan repentinos y tan raros ...

—Usté siempre con el arao hincao, como dicen los gañanes.

—No ladee usté el cántaro, comadre, que se pué derramá: mi decí no es más que un simple interés de salú.

—Tan pronto, y sin motivo, no se le iba a estropeá a mi hija.

—Que Dios así lo quiera, en bien de tós.

—Gracias por su buen deseo.

—No hay de qué. Pero, oiga usté, comadre: Si quiere, le ayuo a repasá la ropa, mientras usté le prepara algo a la enferma. ¿Prefiere que se lo haga yo?

—Pero si mi hija, gracias a Dios, no está enferma, ni mucho menos; si lo que le pasa no es ná!

—Ná será; pero cuando continúa echá tanto tiempo, es señá de que no se alivia de lo que sea: ¿Por qué no le da usté una tacita de yerba luisa o, mejó, de tila calentita y con gotas de agua de azahá, que es muy buena pa las contrariáes?

—No sea usté majadera, comadre. Una simple jaqueca se pasa sin ná.

—Como usté quiera; pa lo que se ofrezca, ya sabe que aquí estoy yo.

—Se le agradece, pero ná más. 

[Ambientación] La llegada del profesor y la imposibilidad de María de acercarse a él porque su madre no la deja sola. Fuente: Imagen creada con ayuda de ChatGPT. 

María, que ha comprendido la intención de la comadre, descifrando a la perfección sus reticencias, se indigna en su interior, sintiendo nacer en el mismo un principio de repugnación hacia la madre de Ansaldo y hacia éste, por creerlo cómplice de las impertinencias y de la mala intención de que su madre acababa de dar fehaciente prueba. Por eso, desde aquel preciso momento, tan señalado para ella, ha comenzado a hacérsele antipática y el hijo va perdiendo el afecto que le profesaba. La estima en que tenía a ambos, ha sufrido grave quebranto. Luego de lo que ya conocía y ha presenciado, le sería difícil tolerarlos, sin un gran esfuerzo. En su interior se ha iniciado, con rápido progreso, el rompimiento moral.

Desazonada e inquieta por el absurdo proceder de la comadre, cuya bastarda conducta descubrió tan claramente, adivinando lo que no había presenciado ni escuchado, no pudo reprimir ciertos movimientos de nerviosismo, que hicieron acudir a la madre, que no había dejado de observarla, en indagación de lo que le pasaba.

—No es nada, madre —expresó—. Sólo deseos de desnudarme y meterme en la cama, libre de las opresiones de la ropa, para quedar sola y tranquila, a fin de procurar alivio a mi pasajero padecimiento.

Así lo consiguió de inmediato y, ya sola con sus pensamientos, comenzó a considerar de nuevo su situación.

Es verdad —pensaba— que aquel humilde y obscuro caminante que en la actualidad llevaba la cuenta y razón de los negocios de su casa y que, entre otros menesteres, le enseñaba lo que sin sus lecciones no podía nunca haber aprendido, era todo un enigma en su procedencia, nacimiento y ascendencia familiar, pues ni él mismo, tan despabilado y despierto, había logrado averiguar, según sus propias manifestaciones, ni dónde naciera, ni quienes pudieran haber sido sus padres ni los de su familia. También lo era que la casualidad, esa combinación de circunstancias favorables o adversas que sólo Dios es capaz de prevé, lo había presentado e introducido en su casa, donde por sus singulares condiciones y felices aptitudes era querido y apreciado sinceramente. No era menos verdad —para ella no había la menor duda— que, envidiado por Ansaldo y por la madre del mismo, en razón a sus raras virtudes —por eso mató Caín a su hermano Abel— y ante la posibilidad de estorbarles los egoístas planes de boda, que tan apasionadamente acariciaban, soñando con su rápida realización, para asegurarla, habían despertado con sus insidias y recelos la vigilancia de su madre, para impedir, como en principio habían conseguido, que su hija pudiera simpatizar con todo un perfecto desconocido. Pero sobre todas esas acomodaticias y menudas circunstancias se alzaba, gigante y lozana, la realidad de un amor puro e intenso, como el cariño de una buena madre, que era mucho más fuerte y potente que todas las conveniencias sociales. Para ella, sobre todo después de lo ocurrido en el transcurso de aquel día, no había nada en lo humano por encima de aquella pasión amorosa, correspondida por su galán con el mismo calor, con la misma fuerza y con la misma poderosa efusión de su primer amor. Mimada desde pequeña —era rigurosamente cierto— por sus progenitores, los quería como puede quererse a unos padres cariñosos y ejemplares. Refinada en estos últimos meses su educación en el santo temor de Dios, acababa de conocer que con aquellas sus relaciones amorosas, que sostenía con su profesor, desagradaba a su madre, y que con ello infringía seguramente los mandamientos de la Santa Madre Iglesia; pero no dejaba de comprender que ya era tarde para complacerla. ¿Cómo podía ella dar por terminado, así como así, aquel afecto tan profundamente arraigado en su corazón y que imaginaba que realmente la conduciría por florido camino al bien que tanto apetecía gozar? ¿Cómo rechazar, porque sí, a un hombre con quien tan bien congeniaba y al que espiritualmente estaba atada por un solemnísimo compromiso colmadamente correspondido? Pedirle este sacrificio era pedirle una cosa muy superior a las fuerzas de su voluntad. Pensarlo siquiera, la enloquecía de pesar. Mucho quería a su madre, pero en la renuncia de su amor no la podía complacer. Además, ¿quién era capaz de desmentir que su misma madre, guiada por el inmenso cariño que le tenía, no terminaría por aceptar los hechos consumados, apadrinando, inclusive, aquellos amores que desconocía en su pureza e intensidad? ... Rendida por la fatiga de tanto pensar y sosegada un tanto por el optimismo de su dulce esperanza, se durmió, no despertando hasta que la madre, antes de recogerse en el lecho, le sirvió un poco de alimento. 

[Ambientación] María reflexiona sobre su amor por el profesor y comprende que no puede renunciar a él pese a la oposición materna. Fuente: Imagen creada con ayuda de ChatGPT. 

Por su parte, la madre, considerando una vez más lo ocurrido, se preguntaba a sí misma, pesarosa, si no habría sido demasiado severa para con su hija. ¿Debería llevar su rigor —pensaba— hasta hacer enfermar a la hija de su alma; su único y mejor cariño terrenal? ¿Qué conveniencia ni qué obligación la llevaban ni podían llevar a ello? ¿La mira egoísta de la comadre? ... Y eso ¿por qué? Si, después de todo, su hija hubiera llegado o llegara a enamorarse de aquel hombre tan bueno, tan servicial, tan listo, tan fiel e instruido, ¿qué importaba, a fin de cuentas, que fuera desconocido? ¿Y si aparecían sus padres? ¿Y si su familia, a juzgar por los rasgos del interesado, era de las distinguidas? ... En último caso, ¿a quién tenía ella que complacer y dar gusto, a su comadre o a su hija, trozo de sus entrañas? ... Vaya, vaya. El muchacho, sin duda alguna, era fino, noble, amable, servicial y simpático como el que más. Instruido, lo era demasiado. Bien estaba que si podía evitar aquellas posibles relaciones, las evitara por aquello del desconocimiento de sus ascendientes inmediatos; a ello estaba comprometida consigo misma y con su comadre y cumpliría lo que voluntaria y espontáneamente ofreciera. Un calor, cualquiera lo tiene. Ella lo tuvo y realizaría lo prometido. Pero si al fin y al cabo hubiera algo difícil de deshacer o que no tuviera enmienda, Dios sobre todo: que se cumpliera su santa voluntad.

La comadre, también echaba cuentas. ¿Qué habría ocurrido entre la madre y la hija? Ella sólo pudo alcanzar alguna que otra frase, que nada le decían. Aquella indisposición desde la mesa, ¿no tendría mucho de común y semejante con la padecida por su hijo? ¿Lo habría desplazado ya el inclusero? Que la niña estaba por él no le cabía duda. El rechazo liso y plano de su hijo se lo manifestaba sin equívoco de ninguna clase. Aquel deseo de acostarse y de que la dejaran sola, no parecía tener otra interpretación que la de despedirla, alejándola de sus intimidades y de su presencia: antipatía. Pues bien: antipatía por antipatía. La niña los despreciaba, sin duda de ninguna clase. Pues a pagarles en la misma moneda, amargándola cuanto pudiera y evitándole con su vigilancia las relaciones que pudiera haber entre ella y el cunero.

También cavilaba el hijo de la comadre. Sus preocupaciones por la indisposición de su amada, le habían impedido conciliar el sueño de la siesta. Algo le había dicho la madre, de lo que pasaba; pero él había estado observando con todo cuidado y atención al inclusero y nada de particular le había notado. En verdad que cada vez le era más antipático aquel hombre rival y por lo mismo enemigo irreconciliable, a quien odiaba a muerte; pero como era tan estimado por todo el mundo ... En grave crisis de sentimentalismo había ofrecido confiar y confiaba en la eficacia de la intervención de la madre. El se sentía capaz de todo, pero ... nada: lo ofrecido, ofrecido estaba; obedecería a la que le dio el ser. 

[Ambientación] El joven profesor ignora las intrigas que se están tejiendo contra él y piensa en el futuro junto a la mujer que ama. Fuente: Imagen creada con ayuda de ChatGPT. 

El profesor reflexionaba asimismo sobre cuanto se relacionaba con su crítica situación. Ignoraba la nueva trama que se urdía contra sus amores. Desde luego no había podido impedirlos. Por otra parte, comprendía que un desconocido habría de despertar cierto despego en los padres de la amada. La culpa de no conocer a los suyos no le correspondía. En la vida, sólo supo aprovechar las enseñanzas que le dieron y si sus investigaciones no habían dado fruto, tampoco le era imputable. Además, él no se propuso despertar aquel afecto que María le profesaba. Tal afecto surgió de la mutua simpatía que se inspiraron. Lo que sobre este particular había sucedido, lo fue indiscutiblemente por voluntad del Cielo. Había más: el amor que se profesaban era sano y puro, como las primeras brisas que soplaron en el mundo. Era cierto que no podía ofrecer un nombre, pero ofrecía un hombre, valga la inmodestia. Ignoraba su ascendencia familiar, no podía negarlo sin mentir, pero se consideraba capacitado para ejercer honradamente una profesión, un arte o un oficio y se reconocía que no le dominaba nada más que una ambición: seguir siendo honrado y ser correspondido, como lo era, por su amada, con toda la fuerza de aquel su primer amor. Además, confiaba en Dios, alimentando en su fe ardiente la esperanza de encontrar sus verdaderos apellidos ...

Después, descendiendo en sus consideraciones, se decía sin jactancia ni presunción alguna, con toda sencillez y sin rebasar los límites de la humildad:

—En todo caso, se me da una mujer honrada y hacendosa y un hogar desahogado. Ella se lleva un hombre honrado, leal y trabajador, que sabe corresponder cumplidamente a su cariño: HAY COMPENSACIÓN.“» 

*** Fuente: “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR: novela de notorio matiz ingenuo, de escasa traba episódica y de carácter sentimental”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 139-146. Diario Jaén, Talleres Gráficos, s/f. 

PINCELADAS HISTÓRICAS EN LOS PROGRAMAS DE MANO DE FERIAS.

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