viernes, 16 de octubre de 2026

25/36. “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR”, por LUIS BRICEÑO.

 CUITA.

«”Por la cimera de los ventanales de la salita donde guardaba cama el profesor, abierta constantemente para dar luz y ventilación a la misma, entran en torrentes de oro, los primeros rayos del sol mañanero.

Simultáneamente con ellos, entra, también, suave y acariciadora, la brisa vespertina, inundando el aposento del perfume de los jardines que casi rodean el benéfico establecimiento. Allí huele sobresalientemente a heliotropo y a jazmines, cuyas matas se enredan y hasta trepan por los propios hierros de los ventanales. La temperatura es agradable; el ambiente, grato.

El enfermo ha descansado relativamente bien, dentro del abatimiento que le ha hecho perder el ánimo y, con él, las fuerzas y el vigor. Le despertaron las primeras claridades del nuevo día y la música armoniosa de los pajarillos que se aposentaban en la arboleda de aquellos jardines. Su imaginación no se aparta fácilmente del contristamiento [1] y profundo dolor que produce en su alma el recuerdo, cruel y artero, de lo sucedido en el “Bosquecillo de las Juncias”. En su ánimo persiste la turbación y la angustia y está a punto de romper en pungidos [2] cuando se le presenta la hermana enfermera, preguntándole que si había descansado y cómo se encontraba. 

[Ambientación] El profesor confiesa a la hermana su amor por la venterita y las circunstancias de su expulsión. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

—Descansar, psh, descansar! … Si el descanso se refiere a reposar o a reparar fuerzas con la quietud y la buena alimentación, sí, he descansado bastante. Sois aquí excesivamente amables y cuidadosas para que eso no se pueda lograr con facilidad. Mas si se relaciona la pregunta con el haber conseguido alivio o consuelo en mi verdadero padecimiento, hermana bendita, he de serle franco: no. En ese aspecto, es difícil, por no decir imposible, el mejoramiento, a pesar de vuestra extremada solicitud.

—¡Huy, lo que acabo de descubrir! ... ¡Enfermedad moral! Pues mire, hoy, que traigo autorización especial para interrogaros cuanto sea necesario, comenzaré por decirle que también podemos hacer algo en ese sentido, cuando el paciente es sincero y confía en Dios Nuestro Señor.

—¿Sí? Pues yo me precio de poseer ambas cualidades.

—Vamos por partes. En primer lugar, y antes de nada, necesitamos conocer su nombre y sus apellidos, el de sus padres, la naturaleza de usted y sus demás circunstancias. De modo, pues, que ahora soy yo quien interroga: ¿cómo se llama? ¿Se puede saber?

—¿Por qué no? José María de Dios.

—¡Hombre! ...

—Otra cosa no sé.

—Bien. ¿Edad? ...

—Creo que poco más de 18 años.

—¿Naturaleza? ...

—Me parece que de Madrid. Al menos, eso es lo que he logrado averiguar en todas mis investigaciones.

—¿Alguna otra particularidad? ...

—Secretas, dos: una, indeleble: falta de la primera falange del meñique del pie izquierdo; otra, de archivo: medio escapulario valioso, con iniciales disimuladas.

—Muy bien. Ahora, antecedentes del padecimiento moral. Esto, sin violencias, ni para su ánimo, ni para sus reservas.

—Le hablo con la misma sinceridad que al confesor.

—Gracias por su confianza. Su depósito revestirá la solemne cualidad de lo intransferible. Sólo la Superiora, por deberes de nuestra regla, compartirá el secreto, si usted así lo quiere.

—De la Receptoría donde me depositaron, pasé con la edad de párvulo al nuevo Establecimiento provincial donde adquirí la primera enseñanza. No me iniciaron en ningún oficio. Solamente noté, ya algo mayor, el interés, la asiduidad, el cariño y la solicitud que el profesor docente ponía en mi educación y en mis estudios. A él debo, precisamente, la poca ilustración que poseo, mi entrenamiento en los deberes religiosos y mi formación espiritual.

—Se la ha dejado conocer desde el primer cambio de palabras. Sinceridad por sinceridad. A ello ha obedecido esencialmente mi condescendencia en el dialogar, autorizada, como es natural, por mi Superiora. 

[Ambientación] La hermana le da su alimento y le ofrece su ayuda. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

—Agradecido y continúo. Mi vida se deslizó monótona y corriente, sin más actividades que las concernientes a esos aspectos que le he referido. Mas llegó el momento en que por razones de edad no podía continuar por más tiempo en el benéfico establecimiento, y se me dio la libertad de conducirme en la sociedad por mis propios medios. Ahí tiene usted, hermana amable, el comienzo de mi calvario y de mi peregrinación angustiosa en la vida, siempre en pos del calor de la creación de un hogar y, si la mancha de carecer de apellido no lo impide, el de una familia.

—¿Y por qué salió de Madrid, donde el logro de su justa aspiración era, sin duda, más factible?

—Muy sencillo: en los primeros días de mi libertad de acción, me ayudó el profesor del establecimiento provincial, no sólo con alimentos, sino recomendándome con todo interés entre sus amistades. Estas gestiones no dieron resultado alguno y como los medios económicos de aquella excelente persona no le permitieran más dispendios, ni mi conciencia me permitía consumir lo que era de otros necesitados, hube de rendirme a la situación de mi propia suerte. Y acarreé bultos y maletas, pedí limosna, comí sobra de rancho en los cuarteles y dormí en los antros de la plebe, hasta que una batida de la Policía me lanzó a los caminos y carreteras, a buscar en el pedir ambulante los medios más indispensables para la subsistencia.

—¡Qué horror! ... ¿Y cómo sabe lo de aquellas particularidades que le comprenden entre los reclamables?

—Un secreto del profesor de mis enseñanzas.

—¡Ah! Luego él sabía algo de sus antecedentes familiares.

—Lo que le dio a conocer el acta de mi recepción, de la que, como persona de absoluta confianza, fue testigo.

—Ya, ya. ¿Y lo del padecimiento moral?

—Segunda y esencial parte de mi cuita: una particularidad más de mi sino de sufrimiento.

—¿Fatalista?

—Cristiano sincero y fervoroso. Realizaba una de las caminatas de mi constante vagar. Al margen de la carretera general, sentada al borde de un abrevadero existente frente a una Venta, hallé una tarde a una joven cuya sola presencia cautivó mi corazón. Dialogamos, simpatizamos y, luego de un breve incidente provocado por los celos del encargado de mostrador del establecimiento, a quien la hija del ventero tenía rechazado de plano, quedé colocado en la Casa, para llevar la cuenta y razón de los negocios de la misma; sustituir a la venterita en los quehaceres impropios de una mujer, que corrían a su cargo, y para darle lecciones de la primera enseñanza, que apenas conocía. ¡Dios misericordioso, que me abría la senda de mis vehementes aspiraciones! 

[Ambientación] El profesor reflexiona en silencio, dolorido, recordando a María y su primer amor. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

—Profesor de una joven con quien se ha simpatizado...

—De ella enamorado. Sí, señora. Eso me llamaban, profesor, para sustituir mi nombre, por el que nadie me preguntó nunca. En esta mi confesión —ya que como tal la considero— he de hacer una advertencia importante: lo primero, de mí, que conoció la venterita, precisamente en el primer diálogo con ella mantenido, fueron mis circunstancias personales y mi situación social.

—Y a pesar de ello, simpatizó.

—¡Claro! Como que esos fenómenos se operan en el alma. Por algo se dice que el Amor es ciego.

—Siga.

—Nos enamoramos mutuamente: primer amor puro, noble, santo ... Así nos lo juramos, con efluvios nacidos directamente del alma, aunque con el propósito de encerrarlo en nuestro pecho, disimulándolo, por el pronto, ante los demás, por temor a los efectos de mi carencia de apellidos y a los recelos del encargado de mostrador, pues de un derrotado hay que estar siempre prevenido.

—Difícil dificultad.

—En efecto, fuimos descubiertos cuando la fuerza de nuestro amor era más vigorosa y lozana, más pujante e incontenible ... ¡Escena terrible, que jamás se borrará de mi memoria! ... Fui menospreciado por la madre y definitivamente expulsado! ... ¡Pobre amor, truncado y maltrecho, cuando más firme y seguro se creía! ... ¡No puedo recordarlo ni olvidarlo! ...

El convaleciente se aflige y de sus pupilas, quieras que no, caen gruesas lágrimas, cuyo brillo va a apagarse al ser absorbidas por las ropas cameras.

La hermana enfermera también se entristece; pero, más fuerte de ánimo, consuela al paciente y corta la escena elevando su mirada al infinito y exclamando con toda unción:

—Dios es Grande y Sapientísimo. Elevemos nuestro pensamiento hacia Él y acatemos, humildes, su santa decisión. “» 

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR: [1] La palabra contristamiento no se encuentra recogida como entrada independiente en el diccionario de la RAE, pero proviene de contristar: entristecer, afligir, a penar, apesadumbrar, … Fuente: Diccionario RAE. // [2] Pungido es el participio del verbo pungir, poco usado hoy en día, o bien puede tratarse de una confusión común con la palabra pujidos: gemidos o sonidos que una persona hace exhalar con fuerza duranre un esfuerzo físico o por dolor. Fuente: Diccionario RAE. // 

*** Fuente: “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR: novela de notorio matiz ingenuo, de escasa traba episódica y de carácter sentimental”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 165-170. Diario Jaén, Talleres Gráficos, s/f. 

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