lunes, 28 de septiembre de 2026

ACCIDEN24/36. “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR”, por LUIS BRICEÑO. TE.

ACCIDENTE.

«”EL propio interesado no conocía lo ocurrido. Cuando su mente comenzó a discurrir de nuevo, se extrañó de encontrarse postrado en cama y de que a la cabecera de la misma se hallara, como vigilando su estado de salud, una de esas afables mujeres que posponen la brega ordinaria del vivir para elevarla al regalo del mejor servicio de Dios, que le habló con la agradable y dulce entonación que las caracteriza:

—Qué, ¿cómo se encuentra?

El pobre profesor, nuestro conocido profesor, que no era otro el enfermo, correspondió al interés de la hermana enfermera, interrogándola, a su vez:

—¿Qué es esto? ... ¿Dónde estoy? ...

—Tranquilícese, tranquilícese: está en buenas manos. ¿Siente alguna molestia? Dígamelo con franqueza, que aquí estoy yo para complacerle.

—¡En un hospital! ...

—Sí; pero no tenga cuidado. Aquí estará como en su propia casa.

—¡Como en mi propia casa! ... ¡Ay!, ¿dónde está eso? ...

—Pues en el Cielo, cuando Dios nos llame a Él y, ahora, aquí, donde de nada ha de faltarle. 

[Ambientación] El despertar del profesor en el hospital. Fuente: Imagen creada con ChatGPT.

—¡Dios mío, Dios mío! —repetía el paciente, presa de angustia congojosa, y se echó a llorar como un menor de edad.

—Sosiéguese, hermano; verá cómo con esta cucharadita que voy a darle, se tranquilizará grandemente.

Y, en efecto, con esa diligencia y amabilidad que son repetida prenda de su carácter, tomó una poción magistral que había en la mesilla de servicios y le suministró una cucharadita, expresándole:

—Ahora, a descansar, que aún le hace falta. Entretanto continuaré aquí, a su cabecera, mis interrumpidas oraciones y rogaré a Dios por su buena salud.

—Gracias, hermana, Él se lo tenga en cuenta, como yo se lo agradezco.

No hablaron más. La hermana leía o rezaba para sí, mientras el enfermo se adormeció con la somnolencia soporífera que le produjo el medicamento. Su respiración parecía tranquila. Dijérase que natural. La enfermera leyó en su devocionario durante un gran rato, al cabo del cual dio por terminados sus rezos y, mirando al paciente, habló para consigo misma:

—¡Pobrecillo! Ya parece que está fuera de peligro. Pero ... ¡qué días ha pasado el infeliz! ... El médico da ya por seguro que su enfermedad no sufrirá retroceso. Mas, por si acaso, ha dispuesto que continúe la vigilancia inmediata. Su estado me ha inspirado verdadera compasión desde el primer momento. Cuando llegó, ¡qué postración tan intensa, la suya. Parecía enteramente un cadáver. Y, luego, ¡qué fiebre! Parecía mentira que un cuerpo humano pueda resistir tal temperatura: ¡41 grados y 3 décimas! Freírse en vida; casi un San Lorenzo. Pues ... ¿y la excitación nerviosa que le sobrevino después? ... ¡Qué gritos, Dios Santo, y qué brega! Gracias a la sangría y más luego, a los calmantes, porque con aquel no parar ni estar quieto un segundo, ¡cualquiera le podía retener la bolsa de nieve en la cabeza! ...

El paciente se ha quejado débilmente y la enfermera, al observarlo, le aplica, de nuevo, la bolsa de nieve, de modo que le cubra bien el cerebro y el cerebelo. Pasan unos minutos y el enfermo vuelve a la tranquilidad aparente.

La hermana de San Vicente de Paúl, vuelve a sus interrumpidos comentarios internos:

—Aquí no conocemos, del accidente, otra cosa que no sea lo relatado por los vecinos que le condujeron; esto es, que unos porquerillos, de los que merodean, con el ganado que guardan, por las afueras de la ciudad, lo habían encontrado en el fondo de un barranco existente al borde de la carretera general, a poco más de un kilómetro de la población, creyendo, al principio, que se trataba de un cadáver, y que, avisados unos vecinos de aquellas cercanías, acudieron, presurosos, al lugar del accidente y, notando que tenía vida, le llevaron, sin pérdida de tiempo, ingresándolo en el benéfico establecimiento. Total, nada de extraordinario ni de particular, que lo distinguiera de los otros muchos registrados en lo ordinario del vivir. 

[Ambientación] La enfermera vigila al convaleciente. Fuente: Imagen creada con ChatGPT. 

Pero dentro de la vulgaridad del suceso, se acusaron ciertos detalles que no habían dejado de llamar la atención: la ropa, por ejemplo, era modesta, pero nueva, muy limpia y sin ninguna marca ni inicial; colgado al cuello, un preciado escapulario de la patrona de la ciudad y varias medallas, una de ellas de oro de ley; en un bolsillo interior, unos centenares de pesetas, cercanas al millar, y ¡ningún otro documento, tarjeta ni papel de ninguna clase que indicara absolutamente nada de su personalidad! ¿Quién era? ... ¿Cómo se llamaba? ... Ni los chiquillos que lo encontraron, ni los vecinos que lo condujeron, ni nadie sabía allí quién era, ni de quién se trataba. Estas circunstancias, con la de no haber habido nadie que en los días que allí llevaba se hubiera interesado por él, rodeaban el hecho de un misterio que no dejaba de poseer determinado interés.

Ha transcurrido un gran rato. Tres horas, cuatro, tal vez más. El paciente, por fin, ha abierto los ojos, se ha pasado la mano por la vista, la ha paseado, luego, en su derredor y, al notar la presencia de la enfermera, le ha sonreído en prueba de saludo y agradecimiento y más luego le ha manifestado:

—Conque en el hospital, ¿eh? Y con guardia a la cabecera. Mal debe andar mi pobre salud cuando de tan cerca la celan.

—No crea —le ha contestado la hermana. —Somos muchas —ha agregado— y, afortunadamente, pocos los a cuidar.

—Sin embargo ...

—No; créame. Su salud, gracias a Dios, no ofrece peligro alguno. Y, a propósito: hace tiempo que no toma nada. ¿No siente debilidad, ganas de algún alimento? Ya es hora; voy a avisar que le sirvan algo. ¿Qué se le apetece? Vamos a ver: dígalo con franqueza.

—¡Comer! ... ¿quién piensa en eso?

—Usted. Tiene que alimentarse; ha de tomar algo.

La hermana enfermera pulsa el timbre que cuelga junto a la mesilla del servicio y ordena al mozo que ha acudido:

—Vaya ante la hermana despensera y dígale que sirva un vaso de leche y unos bizcochos para el número dos.

Al poquillo rato, se presenta el mozo con una bandeja, conteniendo lo interesado.

La hermana enfermera ayuda al paciente a incorporarse en el lecho y hace que el mismo tome el alimento expresado.

El enfermo, notoriamente mejorado, le ruega que le deje un rato en aquella posición. La enfermera consiente y, aprovechando la oportunidad, le invita a dar gracias al Señor por su evidente mejoría. El paciente accede gustoso y durante un cuarto de hora, tal vez más, no se oye en el aposento otro rumor que el de las preces elevadas fervorosamente al Altísimo. Una vez terminada la acción de gracias, dice el enfermo:

—Hermana: no hay duda ninguna de que todas ustedes parecen sacadas de un mismo patrón: todas tan afables, tan complacientes, tan serviciales...

—Estamos al mejor servicio de Dios, y nada más.

—¡Sí, sí; que El os lo premie. Ahora, si no lo toma a mal, quisiera obtener otra poca de su bondad... ¿Seré complacido?

—Diga, diga, a ver si puede accederse a su deseo.

—Saber qué ha ocurrido para que me encuentre aquí y en tan excelentes manos.

—Curiosillo, ¿eh? A nosotras nos está muy recomendado no dialogar nada más que lo indispensable; pero sea como excepción de esa regla.

—No dejan de interesarme ciertos pormenores. ¿Qué fué ello?

—Pues nada: según todas las noticias, un simple accidente de los muchos de la vida.

—¿Un accidente? 

[Ambientación] El profesor conoce la verdad del accidente. Fuente: Imagen creada con ChatGPT. 

—Sí, caer al fondo de una barrancada, junto a la carretera general, perder el conocimiento y estar al sol durante unas horas. Total, nada que no haya pasado ya, gracias a Dios.

—Pero, dígame, hermana, ¿quién me recogió? ¿Quién me trajo a vuestras benditas manos?

—Le encontraron unos muchachillos que guardaban cerdos, los que, asustados, avisaron a unos buenos hombres que lo condujeron aquí.

—Perdone si insisto, prolongando el interrogatorio. ¿Muy lejos de la ciudad?

—No; a poco más de un kilómetro, hacia el lado de la sierra.

—¿Y me han conocido? ¿Quién han dicho que soy?

—¡Anda, pues si no le hemos podido inscribir, porque ni se le ha conocido ni poseía, en sus ropas, documento alguno que pudiera ilustrarnos!

—¿No contenían nada mis bolsillos?

—Nada, no: sólo contenían, que sepamos, cerca de un millar de pesetas, todas en papel.

—Dinero que no es mío.

—¿Cómo que no? Aquí está a su libre disposición.

—Era para unos encargos que se han quedado por hacer, que yo presuma.

—¡Ah!, eso usted allá. En esas cosas no intervenimos.

La llegada del médico de cabecera cortó la conversación. Reconocido de nuevo el paciente, e informado el galeno del curso de la dolencia, por la hermana enfermera, se le ha considerado como en franca convalecencia, prescribiéndosele, únicamente, mucha tranquilidad y alimentación sana y progresiva.

La hermana enfermera, se ha retirado algo después que el doctor, repitiéndole la enhorabuena por su alivio expedito, dejándole unas revistas para su entretenimiento y prometiéndole solemnemente un rato de compañía en su guardia del nuevo día.

El infeliz profesor, ya sólo con sus ideas y pensamientos, ha quedado reflexionando, en silencio, sobre su rara, crítica y difícil situación.

¿Qué habría sido de su María?… ¿Qué de su primer amor?… “» 

*** Fuente: “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR: novela de notorio matiz ingenuo, de escasa traba episódica y de carácter sentimental”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 159-164. Diario Jaén, Talleres Gráficos, s/f.  

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ACCIDENTE. «” EL propio interesado no conocía lo ocurrido. Cuando su mente comenzó a discurrir de nuevo, se extrañó de encontrarse postrado ...