lunes, 21 de septiembre de 2026

HISTORIAS DE LUIS BRICEÑO, 65.

LO METEN A VIAJANTE.

Llegaron al pequeño poblado, y como en el mismo les dijeran que el señor por quien preguntaban residía en una finca de las de aquel extrarradio, hacia aquel extrarradio encaminaron sus pasos.

Una vez retirados de lo que pudiéramos decir casco urbano del lugar, y guiados hacia el sitio que previamente se les indicara, respondiendo a su interés, se encontraron con la disyuntiva de dos veredas que arrancaban precisamente del término del camino que acababan de andar.

En la duda de cuál de las dos veredas seguir, que les condujera a la finca que buscaban, y que desde donde se encontraban no sabían distinguir, optaron por detenerse, a descansar, mientras alguien pasara y les orientara de nuevo.

Hacía calor. En el cielo no se divisaba ni una nube, y el viento, pronunciadamente encalmado, no refrescaba el ambiente. La sombra de un gran árbol cercano al sitio donde se hallaban, les ofreció el suspiro de una delicia, en aquella forzada espera que tuvieron que realizar, pues de haberla tenido que hacer al sol, les hubiera resultado no poco desagradable.

Al ratillo de aquel alto en su camino, divisaron a un chiquillo, que, canturreando coplas lugareñas, avanzaba, guiando unos cerdos, que pastaban lo existente en el borde del camino.

Dirigiéndose al adolescente, le dijo uno de los dos viajantes, pues dependientes de comercio eran nuestros dos personajes:

—¡Eh, rapazuelo, ven acá! Te llaman dos viajantes de comercio a quienes tienes que ayudar en lo que de ti necesiten.

El jovenzuelo acudió, no de muy buen grado, ante el que tan despectivamente le calificara, pues rapaz de nada se consideraba, y, ya cerca, recibió del mismo esta otra interrogación autoritaria, que también sentó mal al zagalete, molesto, igualmente por no haber obtenido respuesta al saludo de los buenos días, tan corriente en los habitantes del campo:

—¿A dónde va esta vereda? 

[Ambientación] Los dos viajantes interrogan al joven porquerillo, cuya respuesta acabará poniendo la situación en lo ridículo. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

El jovenzuelo, que era muy despierto y de vivo ingenio, más amoscado aún por la falta de cortesía de aquellos señores “urbanos”, les contestó con el desenfado que le prestaba el desligamiento completo de sus interrogadores:

—¡Je, je!, con el señor. ¡Que a dónde va esta vereda! Yo llevo ya más de un año pasando por aquí casi tos los días y no he visto que vaya a ninguna parte: siempre está donde mismo.

El interrogador, dándose cuenta del alcance imaginativo del personaje con quien se las había, se mordió los labios y pensó un poco la actitud que había de adoptar y, aunque el tono de voz fue menos seco y despectivo que en la primera pregunta, hizo esta otra segunda, con semblante que tampoco agradó ni chispó al interrogado:

—¿Hacia dónde cae la casa de don ...?

El adolescente, firme en su actitud, respondió sin titubear:

—¡Ja, ja! La casa de don ... no cae hacia ningún lao. Yo, desde que la conozco, la veo siempre en pie y bastante derecha.

Los viajantes se miraron, corridos, no sabiendo qué actitud adoptar ante el desparpajo del jovenzuelo.

La situación caía en lo ridículo.

Creyeron encontrar un zafio y resultaba que su ligero proceder había encontrado un dique que los colocaba en situación nada airosa.

Por fin, el que hasta entonces había callado, resolvió defenderse de los ataques del porquerillo, que juzgaron un mequetrefe, interrogándole de nuevo:

—Vamos a ver, rapaz desvergonzado, cual no he visto otro desde que soy viajante, ¿qué hacen los padres cuando uno de sus hijos le sale tan descarado y con tan poca vergüenza como tú tienes?

El zagalete, viéndose así insultado, contestó, poniéndose en disposición de tomar velozmente las de Villadiego:

—Pues ... lo meten a viajante. 

Fuente: “AMAPOLAS Y JARAMAGOS: cuentos, anécdotas, narraciones y chascarrillos”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 145-146. Primera edición, Gráficas Morales, Jaén, 1.940.  

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