EL MEJOR CAFÉ DEL MUNDO.
El Cacique.
Había que ver el respeto y el temor que infundía entre los munícipes de cualquier pueblecito la persona del cacique, afortunadamente desaparecida.
Del cacique, propiamente dicho, emanaban, como emanan las aguas de la tierra, todos los bienes y todos los males terrenales. No había más ley que su poderosísima voluntad. Generalmente no tenían más voluntad que sus caprichos, sus simpatías, sus conveniencias o su interés, siempre egoísta.
Ser o no ser amigo del cacique, significaba poder vivir sosegada y prósperamente o arruinarse y perecer. Así como suena, sencillamente.
Su poder era tan grande, tan fuerte y tan ejecutivo, que no faltaba nada para considerársele, sin lugar a dudas ni vacilaciones de ninguna clase, como real y verdaderamente omnipotente.
Así, pues, cuando el tío Andrés recibió en su molino harinero la visita del cacique local, en demanda de su voto y del de sus hijos, experimentó una serie de sensaciones que le hicieron sentir calor, casi provocativo de sudor, en la cara y frío, poco menos que promotor de temblores, en el resto del cuerpo.
En su imaginación, ya perturbada por la impresión, pensaba:
-¿Cómo no ofrecerle tos mis votos? … Y si se los ofrezco, como el querrá, sin duda alguna, ¿cómo voy a contá con el de mi hijo André, que ya no vive aquí, y con el de mi yerno, que no hay quien le lleve la contraria? … ¡Jesús, Jesús mío, ayúdame a salir del atasco en que me encuentro! -añadía, el pobre, nervioso y aturrullado, ante la gravedad que podía desprenderse de su delicada situación.
[Imagen de ambientación, generada por IA Google- ChatGPT] Detalles expresivos: el azúcar intacto en el platillo, símbolo de su confusión y nerviosismo. El rostro preocupado de Andrés contrasta con la calma del cacique.
-Tío Andrés, buenas tardes -le habló el cacique, al acercarse-. ¿No hay por aquí un socaire, donde podamos fumar tranquilamente un cigarrillo?
Se encontró -¿cómo no?- un abrigado y conocido resguardo contra el viento, que soplaba en marea pronunciada, y se halló un arreglo a gusto y satisfacción de ambas partes, cuya conformidad y afirmación definitivas había de llevar el tío Andrés, a casa del cacique, tres o cuatro días después.
El día y hora señalados, recibió el cacique en su despacho al bueno del señor Andrés, y contento y satisfecho de lo que de él había conseguido, le obsequió con café hecho como para cacique acomodado, en cafetera de las llamadas <rusas>.
El tío Andrés, siempre preocupado y sumiso, preguntó al personaje obsequiante:
-Don Antonio, ¿el café que amarga es el bueno?
-¡Claro! -le contestó el interrogado, algo distraído.
-Pues entonces -contestó el obsequiado-, si el café bueno es el que amarga, éste es el mejor café que yo he probao en toa mi vida.
Era, sencillamente, que, aturrullado, no le había puesto el azúcar, que en su platillo pregonaba el azoramiento del tío Andrés y advertía al obsequiador el quid del amargor excesivo del café.
*** Fuente: “AMAPOLAS Y JARAMAGOS: cuentos, anécdotas, narraciones y chascarrillos”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 101-102. Primera edición, Gráficas Morales, Jaén, 1.940.













