martes, 7 de julio de 2026

LOS INCENDIOS EN LA NATURALEZA (1833).

En pleno verano y todavía con el recuerdo muy vivo del dramático 2025, cuando los incendios forestales volvieron a golpear con dureza buena parte del sur peninsular, resulta especialmente oportuno recuperar este extenso artículo publicado en el Boletín Oficial de la Provincia de Cádiz los días 20 y 21 de agosto de 1833. El texto sorprende por la actualidad de muchas de sus reflexiones: describe la devastación de montes y cultivos, denuncia tanto las negligencias humanas como los incendios provocados, y propone medidas preventivas que hoy reconoceríamos como precursoras de los cortafuegos o las quemas controladas.

Más allá de su valor histórico, el documento constituye un testimonio extraordinario de cómo hace casi dos siglos ya existía conciencia de la dimensión económica, social y ambiental de los incendios forestales. Su autor no solo lamenta la pérdida del paisaje y de la riqueza agrícola, sino también el drama humano que arrastra el fuego: pueblos empobrecidos, generaciones arruinadas y territorios reducidos a “esqueletos de tocones cubiertos con el negro manto de la desolación”. Leer hoy estas páginas permite comprobar hasta qué punto ciertas amenazas siguen siendo las mismas, y cómo la prevención, la gestión del territorio y la responsabilidad colectiva continúan siendo esenciales frente a un problema que cada verano vuelve a poner a prueba a nuestras sociedades.

[Ambientación] Incendio, uno cualquiera de los numerosos ocurridos en 2025, éste del 20 de agosto. Fuente: “Tsunami climático – Incendios 2025”, matarpormatarnon.org. 

«SOBRE LOS MEDIOS DE CONTENER LOS INCENDIOS DE LOS CAMPOS.- Todos los veranos se suelen padecer en casi todas las provincias de la península fuegos horrorosos que han devorado en un abrir de ojos montes dilatados y pobladísimos, y ricas posesiones de árboles preciosos. Largas columnas de nuestros periódicos han comunicado las noticias de estos desastres, y han afligido el ánimo de todos los amantes del bien público, haciéndoles copartícipes del dolor de los infelices que han perdido tan desgraciadamente sus medios de vivir, con el avance hecho por muchas generaciones para la subsistencia y comodidades de las sucesivas.

Extremadura, las Andalucías todas, en particular la frondosa provincia de Córdoba han visto desaparecer en una noche el arbolado, fruto del esmero y la fatiga y de las más severas privaciones por el dilatado espacio de siglos. Las sierras y las llanuras que daban la madera, la leña, el corcho, la bellota, la grana, la miel y la cera, … y las propiedades que rendían la aceituna, la almendra, la castaña, las frutas mas almibaradas y aromáticas, reuniendo las más pintorescas perspectivas con las utilidades más seguras, han quedado convertidas en esqueletos de tocones cubiertos con el negro manto de la desolación, dejando sumidas en la miseria las más acomodadas poblaciones.

No son nuevos entre nosotros estos desastrosos sucesos. Yo me acuerdo muy bien de los fuegos que en 1811 devoraron una buena parte de los árboles de tierra de Barros y montes inmediatos en la provincia de Extremadura, y se me representa muy al vivo en mi imaginación el horroroso cuadro que se presentaba a la vista algunas noches desde la cima de la alta sierra de Monsalud, a la que solía subir con algunos amigos para observar los movimientos de las tropas en las llanuras inmediatas. Por tres, por cuatro, por seis y más partes se alzaban gruesas columnas del fuego, que reducían a mayor aflicción a los pueblos trabajados por una guerra tan azarosa [la de la Independencia]. Ardían a un tiempo las mal cultivadas tierras feudales de Solanas y la Corte de Peleas, las sierras feraces de Salvatierra y de Feria, las laboradas campiñas de Almendralejo y Villafranca, los alrededores de la destruida y renombrada Albuhera, y los montes encinares de Barcarrota y Jerez de los Caballeros. 

Primera hoja, del primer “Boletín” citado, publicado el 20 de agosto de 1833, con el inicio del didáctico artículo que se transcribe. Fuente: “Colección histórica del BOP de Cádiz”. 

La misma elevada sierra que nos servía de atalaya vino también a su vez a ser presa de las llamas, que destruyeron su espeso arbolado, en el que abundaban extraordinariamente los almendros, que se dan allí espontáneamente lo mismo que en el inmediato término de Almendral, y que proveen de este artículo aquel país. Más sensible fue la pérdida que sufrió el Señor D. Juan Nieto, marqués de Monsalud, pues habiendo entrado el fuego en la hermosa posesión que tiene en la falda septentrional de aquella sierra de olivos injertos en acebuche, abrasó muchos miles, que a pesar de quedar en los tocones no podía esperarse fruto alguno de ellos, sin hacer de nuevo los cuantiosos gastos que costó injertarlos en otro tiempo.

Para remediar los efectos perniciosos que se experimentan en nuestros arbolados y campos, sería convenientísimo que indagáramos las causas de que provienen, pues en toda clase de exámenes el conocimiento de las causas conduce naturalmente al hallazgo de los remedios. No diré yo lo que un poeta de la antigüedad de que existía un fuego sagrado en los montes, el cual desocultándose algunas veces originaba las destrucciones de los mismos. Esto está muy bien dicho en el sentido que hablaba el poeta, y sin detenernos a desenvolver la doctrina que encerraba bajo sus palabras misteriosas, pasaré a hacer la reseña de las causas que suelen dar origen a los incendios de los arbolados y montes.

Estas pueden ser casuales o voluntarias. Casuales son las que provienen del descuido de los labradores, pastores, viajeros, lavanderas y demás personas que andan por los campos, que habiendo encendido fuego para los diversos usos de la vida o para sus oficios, no tuvieron el cuidado de apagarlo cuando concluyeron sus quehaceres, o padecieron el quebranto de que por inadvertencia, fuerza del viento o cualquiera otro accidente se les escapase el fuego, comunicándose a los árboles o pasto inmediato. Los fumadores que no han reparado en tirar al suelo la punta del cigarro, todavía encendido, o la yesca que les sirvió para prenderle fuego, han causado con su inadvertencia reprensible fuegos que han quemado muchas leguas, y de algunos han sido víctimas, pereciendo abrasados, género de muerte las más cruel que pueda sufrir un hombre.

[Ambientación] Los lugareños tratan de poner a salvo todo lo posible ante el pavoroso avance de las llamas. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

Muchos son los fuegos que han procedido de estas causas, hijas de la casualidad, pero se puede asegurar sin miedo de equivocarse que la mayor parte de estos lamentables acaecimientos no tiene otro origen que la voluntad de los que por satisfacer su odio, su capricho y su interés pegan fuego con toda intención a los montes y arbolados. Si no tratara de ser conciso entraría en detalles que patentizarán los móviles que el interés tiene en las gentes del campo para tales actos, de los que obtienen algunas utilidades. Los pastores, especialmente de cabrío, para que después de quemado el monte, echen retoños, que tanto apetecen a las cabras, los que se ocupan en sacar la casca para las tenerías, para que caigan árboles, de que hacerla, los que procuran cenizas para los jaboneros y queman árboles para hacerlas con la mayor facilidad, los leñadores para que caigan árboles corpulentos que les sería duro derribar, los labradores que tienen que quemar una roza y no toman las precauciones necesarias a evitar la propagación del fuego, los pastores de toda clase de ganados para que quemado el pasto alto y largo que ha de ser aprovechada con comodidad la hierba que sale con más vigor después de la quema, y otros muchos que en los campos pueden tener utilidades de resultas del fuego, son los que comúnmente le dan nacimiento, sin arredrarse por las consecuencias espantosas que pueden sobrevenir en las haciendas y en las personas.

Otros fuegos no proceden más que del capricho del que los ejecuta sin un objeto de utilidad real, que es uno de los caprichos más raros y extravagantes en que puede caer un hombre. Yo me acuerdo del compromiso en que me puso una noche en una dehesa de Extremadura un compañero de viaje y amigo, empeñado en hacer arder una encina. ¡Vano intento! Estaba verde y resistía al poco fuego que le aproximaba, podo decidido a levantarse llamas, no titubeó en pegar fuego al gran chozo a que nos había hecho acoger el rigor de la estación, sin que hubiese reflexiones que le pudiesen detener en la ejecución de su capricho.

El entorno y la venganza se complacen en hacer mal quemando las posesiones y los montes, y a veces por vengarse de un individuo sólo padece un pueblo entero. Infinitos lances podríamos enumerar; citaríamos el de Zafarraya, atentado el más horrendo de que son susceptibles los pueblos cuando son dominados por los odios tan frecuentes en los pueblos colinderos. Pero voy a tratar del remedio de estos fuegos destructores. 

[Ambientación] El monte, durante el período estival, si durante el invierno no se ha tratado adecuadamente, reúne unas apropiadas condiciones para que se incendie. Fuente: Imagen de S. Arén, “ahoraleon.com”. 

Uno hay verdaderamente radical y general, capaz, no de atajar estos daños, sino de evitarlos para siempre. Pero este medio, que no es más que el fomento de la prosperidad pública, es obra del gobierno y del tiempo. Cuando se acabe de plantificar el sistema económico que ha emprendido el gobierno, entonces no habrá fuegos que recorrerá sin obstáculo docenas de leguas. Repartidos los terrenos, diseminada la población por los campos, y todos puestos bajo el cultivo que les sea conveniente, ¡halagüeña esperanza! Entonces es bien seguro que nuestros descendientes no podrán concebir los terrenos inmensos que cubría un océano en llamas al menor descuido o por mala voluntad de algún individuo.

Pero mientras no se realizan mejoras tan esenciales y que tanto conviene acelerar, voy a proponer un medio que puede evitar muchos males a nuestros campos y posesiones en el estado actual que tiene nuestros sistema agrario.

Fuera de aquellos montes espesos y matorrales en que los árboles y arbustos están tan entrelazados, que una vez comunicado el fuego a un extremo es indispensable que lo recorra todo a no oponerse un viento violento, hay espacios entre los árboles que suelen estar limpios de arbustos y que crían abundante y nutritiva hierba. El que haya viajado por Extremadura habrá observado que las inmensas dehesas pobladas de encina y alcornoque tienen claros sus árboles, y tan limpios como los olivos de Andalucía, efecto de ser muchas de propiedad particular (como lo son las 217 que hay en el término de Jerez de los Caballeros) y otras que pertenecen a los Concejos, se hallan en buen estado porque sirven para las siembras de granos, repartidas anualmente en suertes a los labradores.

[Ambientación] Un grupo de aldeanos observan cautelosos la evolución del incendio que afecta a su territorio. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

Los propietarios de las dehesas situadas en la jurisdicción de Bancarrota y otros pueblos de aquella sierra, que por la izquierda del Guadiana va a buscar las del Andévalo, en la provincia de Sevilla, evitan los fuegos que suelen destruir las hermosas dehesas de aquel territorio rayano a Portugal, quemando el pasto a principios de junio, esto es, a la salida de la primavera o principio del verano, según se ha adelantado o atrasado el calor, de modo que el pasto no esté seco del todo. Hallándose en este estado no toma cuerpo el fuego, ni arde el pasto que se cría debajo de los árboles, cuya sombra conserva por más tiempo su verdura. Esta operación sencilla y económica, que puede ejecutar un hombre solo en una dehesa puede evitar y evita a los que la practican el dolor de ver perdida su hacienda por la voracidad de las llamas.

No es necesario quemar todo el pasto seco que este fuera de la sombra de los árboles, pues con hacer ciertas fajas o caminos que atraviesen en varias direcciones la posesión, y que la circunden por sus extremidades, se evitará el que se comunique de afuera el fuego y el que pueda progresar en el caso de que se encendiese dentro de la posesión.

Los propietarios de olivares que por falta de fondos o cualquiera otra causa no hayan podido cultivar sus olivos, y los tengan expuestos a se pábulo de las llamas por el pasto que haya arrojado la tierra, tienen en esta práctica un medio de evitarse tamaño perjuicio.

Propongo a los propietarios de arbolados este medio sencillo, que también puede aplicarse para precaver otros objetos en los campos, como las mieses en las eras … las ganaderías … para que noticiosos de él puedan evitarse los daños asombrosos que suelen padecer en sus haciendas. En los terrenos que no sean de propiedad particular, sucederá siempre lo mismo que acontece en la raya de Portugal, donde únicamente en las propiedades particulares se aprovechan de esta medida económica quemándose con mucha frecuencia los montes y arbolados comuneros, como si no fuese conocida esta práctica, efecto del interés individual, agente del más soberano de los hombres. No obstante, me lisonjeo que los Ayuntamientos adoptarán la que les propongo, pues encargados de promover la prosperidad pública, no podrán desentenderse de un medio que hace necesario nuestro actual sistema rural, y que dejará de serlo cuando la riqueza de la nación suba al grado que la prometen su clima, su localidad y el genio de sus hijos. S.”» 

*** Fuente: “Colección histórica del BOP de Cádiz”, No. 81 y 82, del 20 y 21 de agosto de 1833. // Fichas elaboradas por Antonio Martínez Cordero y depositadas en el Archivo Parroquial Santa Catalina, gentileza de Yelman Francisco Bustamante Solórzano, párroco de Conil de la Frontera. 

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