viernes, 13 de marzo de 2026

HISTORIAS DE LUIS BRICEÑO, 52.

¡SIEMPRE HAY JUSTICIA!

Había heredado una casa antigua, pero espaciosa, y unas tierras de secano, con parte de regadío, que, aunque ayudaba a trabajar personalmente, en labores de poca monta, por razones de economía y ocupación personal, le producían lo suficiente para vivir con relativa holgura e independencia.

Por toda instrucción, poseyó la primera enseñanza, cuyos conocimientos se fueron esfumando poco a poco de su memoria, hasta dejarle nada más que lo principal de aquella, conservado por el uso que de ello hacía en la explotación de su hacienda.

A estos restos de instrucción habría que añadir los de la también borrosa, desprendida de las prolijas explicaciones <in voce> recibidas, allá en los años mozos, de su tío carnal, coadjutor de la parroquia en que había nacido, y no había dejado de habitar, y la que pudiera derivarse de la constante lectura de novelas de la clase el “El Capitán Centellas”, que le encantaban extraordinariamente, y de las del género “policíaco”, que también le agradaban sobremanera.

Con tal bagaje de conocimientos, se creía nuestro protagonista todo un “hombre letrado” y, efectivamente, comparada su ilustración con la de aquellos pobrecitos obreros empleados en las faenas agrícolas de su pertenencia, en cuyos descansos y veladas les “instruía” con sus referidas lecturas, resultaba la consecuencia desprendida del conocido aforismo popular que reza “en la tierra de ciegos, el tuerto es rey”.

[Sólo a efecto de ambientación; creada por IA chatGPT] El protagonista se prepara a confrontar la novela con su afán de justicia. 

El cierta ocasión leía nuestro hombre, viviéndola, por decirlo así, en razón del tremendo interés y atención extraordinaria con que tomaba su lectura, una de las obras de su especial gusto y predilección. El personaje más caracterizado de la misma, realizaba las más atrevidas y peligrosas hazañas, los más repugnantes delitos, y siempre lograba burlar a sus perseguidores.

No había ni justicia que le pudiera ser aplicada, ni aún prisión que para él durara arriba del tiempo indispensable para la preparación de su fuga, siempre conseguida con el más feliz de los éxitos.

Contrariado y nervioso, nuestro apasionado y vehemente lector, por aquella impunidad tan descarada del héroe de la novela, por el fracaso continuado de los agentes que tan infructuosamente le perseguían con tanto ahínco y por la ineficacia de aplicación de la Justicia, que tantas veces había logrado burlar, se arrancó, de repente, exclamando furibundo:

-Toos esos elementos con quienes ese lucha, son unos mandrias[1]. Ahora veréis toos ustés cómo no se escapa de mis manos ese bellaco.

Y poniendo una novela en uno de los asientos sobrantes, de los existentes en la delantera de la casa campesina, y tomando la escopeta de que disponía para la defensa de su heredad, largó una perdigonada que hizo trizas al libro que en voz alta había estado leyendo, ante el asombro del auditorio, que no se atrevió a impedírselo, al mismo tiempo que exclamaba con voz nacida de la excitación nerviosa de que estaba poseído:

-Ya lo habéis visto, señores: cuando unos son incapaces de cumplir su cometido, nunca falta alguien que les reemplace. Porque, en este mundo, señores, ¡siempre hay Justicia!

NOTA DEL TRANSCRIPTOR: [1] Mandria.- Apocado, inútil y de escaso o ningún valor. Fuente: Diccionario RAE: // 

Fuente: “AMAPOLAS Y JARAMAGOS: cuentos, anécdotas, narraciones y chascarrillos”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 111-112. Primera edición, Gráficas Morales, Jaén, 1.940. 

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