VENGANZA DIPLOMÁTICA.
No se podían ver. Se odiaban con pasión desordenada. La aversión llegaba a tal grado de acentuación, que constituía una verdadera perturbación del ánimo. Bastaba que el apellido de uno llegara a pronunciarse delante del otro, aunque fuera en son de homonimia, para que el oyente apretara las mandíbulas, una contra otra, agachara la cabeza, mirando hacia el suelo, y tiritara de excitación nerviosa inaguantable.
Cuando un deber social inexcusable, o una obligación de las que no se pueden eludir los ponía uno cerca del otro, se conocía hasta por los extraños, el desagrado con que se toleraban y los esfuerzos que tenían que hacer para contenerse.
Nada ni nadia habían podido enfriar ni reducir, hasta entonces, la profunda antipatía que los separaba; ni el tiempo transcurrido desde el primer choque de sus caracteres, ni la mediación de las buenas relaciones, habían sido eficaces.
¿Qué los separaba?
Nada relacionado con faldas, ni con política, ni con el interés propiamente dicho: una simple cuestión de amor propio, mal entendido, nacida de la atención de dos pronunciadas necesidades de índole completamente opuestas. Asunto baladí, que pudo tener fácil arreglo, en su comienzo, y que una inmoderada estimación de sí mismo, en ambos, profundizó y arraigó de tal modo en el carácter o idiosincrasia personal de nuestros protagonistas, que hasta mucho tiempo después de la ocurrencia no había sido posible ni aminorarla ni suavizarla.
Más. Todavía más. Luego de infructuosos y vanos intentos, y de inútiles e ineficaces intervenciones amigables, las había empeorado, si cabía, un juramento decisivo hecho con toda solemnidad y firmeza por uno de los interesados.
-Para ceder en mi resolución -había afirmado, poniendo a Dios por testigo-, tengo que haberle <tentado> la cara a mi enemigo. Sin esta satisfacción interior -había añadido-, no transijo por nada ni por nadie.
Y pasaban las semanas, y pasaban los meses, y pasaron hasta algunos años, y seguía aquella distancia infranqueable, que separaba las relaciones amistosas de aquellos tozudos interesados.
[Al solo efecto de ambientación] La <sacristía> de bodegas Hidalgo-La Gitana, en Sanlúcar de Barrameda. Fuente: “verema.com”, blog, 1 agosto 2017.
Una vez reunió el azar, en la bodega de un entrañable amigo de ambos, a quien uno y otro disidentes estaban muy obligados, a nuestros antagonistas personajes. Se hallaban, por casualidad, de pie, a la entrada de una de las naves, formando una especie de semicírculo, delante de una gran bota bota o bocoy, dispuestos a tomar una copa de caldo de lo más añejo de la propiedad. Eran una media docena de personas.
Luego de unas copas, el dueños de la industria intentó probar, como otras veces, el acercamiento amistoso de nuestros protagonistas, que siempre habían sido buenos amigos y que, apenas tenían razón, luego del desgaste natural del tiempo en sus pasiones, para no continuar siéndolo.
Al efecto, conversaba jocosa e intencionadamente, para ver de apartarlos de sus ensimismamientos y preocupaciones íntimas, adivinadas.
En esta actitud, preguntó a uno de ellos, precisamente al más apasionado e intrasigente, al que había jurado <tentar> la cara al otro, y a quien había ocurrido, fechas atrás, un incidente, que había saldado con fortuna, por medio de un bofetón oportunísimo:
[Al solo efecto de ambientación] Atraco callejero en cualquier pueblo de Andalucía. Fuente: Imagen creada por ChatGPT, 13 noviembre 2025.
-Vamos a ver, Manuel Antonio, ¿podríamos saber la verdad que hay en lo del atraco de que estuvistes a punto de ser víctima, hace unas noches?
El aludido luchó interiormente unos momentos entre mantener la dureza de expresión y mutismo a que, como en tantas otras ocasiones estaba entregado, o corresponder, cual procedía, a la invitación de que había sido objeto. Se decidió, al fin, por lo último, manifestando con sencillez, libre de toda afectación:
-Aquello, por suerte o fortuna, se liquidó bien y resultó poca cosa. Me retiraba a descansar, temprano, relativamente, como de costumbre, cuando, poco antes de llegar a casa, me salió al encuentro un aparentemente desconocido. Hacía luna algo clara. Picando un cigarro puro de los más baratos, con tamaña herramienta, me invitó a que le diera en el acto veinte duros [100 pesetas = 0.0077 euros] que le hacían falta para sustituir el borriquillo que necesitaba para buscarse la vida. A través de los escasos rayos del planeta lunar, quise reconocer en el atracante a un cobarde conocido, arruinado por sus vicios, y no pudiéndome contener, le hice así, tumbándole en el suelo, donde ya me fue fácil desarmarle y hacerle comprender que aquellas peticiones no se hacen por el procedimiento que él empleaba.
Al llegar en su relato a la frase de <le hice así>, levantó la mano y repitió el ademán, dándole a su enemigo una suave, pero limpia, clara y sonora bofetada, cuyo eco fue a perderse entre la risa y algazara de los reunidos, cuya intervención en el nuevo incidente no se hizo esperar ni un momento.
Fue una venganza satisfecha con toda circunspección, disimulo y sagacidad, una venganza que pudiéramos llamar venganza diplomática.
Ni que decir tiene que, esta vez, de la bodega referida, todos los que salieron eran amigos.
*** Fuente: “AMAPOLAS Y JARAMAGOS: cuentos, anécdotas, narraciones y chascarrillos”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 119-121. Primera edición, Gráficas Morales, Jaén, 1.940.

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